Esta agitación, sin hacer nada

Ezequiel Martínez Estrada

En aceras y calzadas se mezcla y confunde aquello radiante que emanan objetos y seres bajo la apariencia de un movimiento cada vez más acelerado, que pugna y forcejea por correr. La calma y la inmovilidad quedan para los umbrales. La ciudad se convierte en pista de incesante tráfago; máquinas y pasajeros van arrastrados como partículas metálicas por trombas de electricidad. Esta mole infinitamente complicada y viva está en perpetua agitación; hombres, vehículos y hasta objetos inánimes se diría que andan por una necesidad intrínseca de andar.

La inquietud de Buenos Aires se proyecta en todas direcciones, y cuando las imágenes de los móviles se reflejan en los vidrios o sus sombras se deslizan por las paredes o los mosaicos, el movimiento abstracto adquiere su real cuerpo de sombra y superficie. Pues ese arrebato cinético no tiene profundidad ni intensidad; cada día recomienda en el lugar en que cesó la noche anterior, y es como si girara sobre sí mismo por una fuerza que nace de su interior, busca irradiarse y no lo consigue.

Puede afirmarse que el ritmo de ese movimiento totalitario es mucho más vivo que en cualquiera de las ciudades de igual población, aunque sea un movimiento que parece sin gobierno, comparándolo con el de aquellas otras que proceden con sujeción a los principios de la más estricta economía. Ese movimiento horizontal se caracteriza por la velocidad y no por la firmeza y buen uso, como en otras partes. Las cosas dan la impresión de que se precipitan sin control total, esquivándose.

Hay un mismo afán de velocidad en el chofer, en el peatón, en el comerciante tras el mostrador, en el que habla por teléfono, en el que espera a la novia y en el que toma café resuelto a no hacer nada. ¿Nadie está contento? Se diría que la velocidad tiene aquí un sentido absoluto, como realidad independiente de las masas; empero, como en la América del Norte, el tiempo no pasa de ser oro, en el mejor de los casos.

La velocidad es una taquicardia, no una actividad. Nos brota de la circulación interna más bien que de la laboriosidad, porque somos corredores aunque no seamos activos. Puede una ciudad estar muy agitada sin ser dinámica, como un hombre puede estar en cama con ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Buenos Aires ama la velocidad, lo que no quiere decir que sea activo, y acaso significaría lo contrario si es que pone un interés deportivo en cumplir con sus obligaciones.

Todo ese movimiento no se pierde en el vacío; conduce en el balance anual al aumento de las manzanas edificadas y del volumen de población, a un crecimiento de cualquier clase, al cambio de domicilio, a la superposición de pisos, a la quiebra de negocios ya nuevas instalaciones, no al poder firme ni al progreso humano. El que suponga que Buenos Aires es una ciudad fuerte está en un error: ni tiene arraigadas convicciones como para resistir un largo asedio, ni es audaz, ni ama el peligro verdadero. Juega con arrebatos y pasiones como un niño demasiado mimoso con sus juguetes, su ajedrez o su Meccano. Lo que pasa es que su tamaño sideral, su bienestar y su desasosiego intrascendente proyectan sus movimientos en un campo vasto y vivaz, y por eso juzgamos a Buenos Aires dinámico y terrible. Hora a hora se dilata, crece, lleva hasta confines más distantes su agitación superficial.

La vía de escape al exceso de ansia de velocidad se abre bajo tierra —en todo sentido. El subsuelo de Buenos Aires sirve de válvula de escape y entubamiento a la energía sobrante. Subterráneos, cables eléctricos y telefónicos, aguas corrientes, tubos neumáticos, son sistemas circulatorios y el simpático de la urbe. Necesitamos huir vertiginosamente, aunque sea por dentro de la tierra, so pena de trastornarlo todo, según había ocurrido antes con las lluvias. Por eso el subterráneo está en íntima relación con la pampa, y lo que parece ser más reciente se suelda a lo antiguo, que es lo más reciente en las formaciones geológicas.

El problema del tránsito, tal como se concibe respecto del ancho de las calzadas y el número de los coches en circulación, es también el problema de abrirse camino, de sacar ventaja, de estrecharse y alargarse para no chocar de frente y llegar antes. Como si importara para algo. El tránsito en el centro de la ciudad, tal como está trazada, sería prácticamente imposible sin la maravillosa rapidez de concepción y de reflejos, sin el golpe de vista de hombres de cuchillo que tenemos. Ya en la presteza del paso, ya en la lentitud desafiadora al cruzar las calles, hay un reto del jinete desmontado a la máquina. Esquivamos el accidente con la vista tanto como con el cuerpo. Cuanto más se piensa resulta más inexplicable que nuestro pueblo, excelente en la carrera, el y la gambeta, haya relegado a mensajeros y repartidores la bicicleta antes aristocrática. Debe ser desdén por prejuicios de índole caballeresca. Cabalgar un simulacro que anda a impulsos de las piernas es una parodia indigna de la equitación, y nos repugna por el respeto de jinetes que no tenemos.

Creo que la pericia de los choferes y el coraje de los peatones obedecen a un subconsciente —o yo ancestral y colectivo— de esgrimistas de facón y taurómacos. El placer de salir ileso en cada lance confirma al peón en su credulidad de que la embestida de la máquina es una rabia de gringo completamente inútil contra él.

 

Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2009.

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2 respuestas a Esta agitación, sin hacer nada

  1. I conceive you have noted some very interesting details, thanks for the post.

  2. gabi dijo:

    Descargar sin acer nada

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