laputaquelopario

Archivos de la categoría ‘documentos de cultura’

Ya no quedan más amigos de lo eterno

In documentos de cultura, frases, marx, música, videoteca on Noviembre 5, 2009 at 11:52 pm

“La época burguesa se distingue de todas las épocas precedentes por la revolución constante de la producción, la alteración permanente de todas las condiciones sociales que la incertidumbre y la agitación sin fin permiten. Toda relación fija y anquilosada, con su carga de viejos prejuicios y opiniones, es barrida y las nuevas se vuelven obsoletas antes de que se puedan sedimentar. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo que es sagrado se profana”.

Marx & Engels, Manifiesto Comunista.

“Si hoy tenemos algunas dificultades para imaginarnos en qué podrán consistir las fiestas y las ceremonias del porvenir, es porque atravesamos una fase de transición y de mediocridad moral. Las grandes cosas del pasado, las que entusiasmaban a nuestros padres, no suscitan en nosotros el mismo ardor, sea porque han entrado ya en la vida cotidiana hasta el punto de que ya nos resultan indiferentes, sea porque ya no responden a nuestras aspiraciones actuales; y sin embargo, todavía no hay ninguna que pueda reemplazarlas. (…) En una palabra, los antiguos dioses envejecen o mueren, y aún no han nacido otros nuevos”.

Émile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa.

“La intelectualización y racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto; significan que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Esto quiere decir simplemente que se ha excluido lo mágico del mundo”.

Max Weber, La ciencia como vocación.

Potel, el proceso

In beautiful losers, cuestiones de estado, documentos de cultura, filosofía, iniciativas, links, revistas on Octubre 30, 2009 at 10:24 pm

[Horacio Potel es docente de filosofía en la Universidad Nacional de Lanús. Es el autor de los sitios en español más visitados dedicados a la obra de Nietzsche, Derrida y Heidegger. Y está procesado.]

El título es inequívoco: la situación que se narrará es notablemente kafkiana. Horacio Potel ejerce la docencia en la UNLa. Ha obtenido cierta celebridad en algunos círculos por ser el responsable de tres sitios de Internet de significativa importancia para estudiantes y/o amantes de la filosofía: nietzscheana.com.ar, heideggeriana.com.ar y jacquederrida.com.ar. Por estas verdaderas bibliotecas virtuales –sin fines de lucro–, Potel se encuentra procesado y embargado en $40.000.

Todo comenzó cuando la editorial francesa Minuit, propietaria de una parte de los derechos sobre la obra de Jacques Derrida, elevó un reclamo y logró que la embajada de Francia en Argentina y la Cámara Argentina del Libro (CAL) inicien una causa criminal contra Potel por infringir la ley de propiedad intelectual (11.723).

Actualmente, los sitios consagrados a Heidegger y Derrida han sido dados de baja por orden judicial. Todo ese material que Potel fue recolectando, traduciendo y corrigiendo, que por otros medios resultaba inaccesible –sea por precios o por mera disponibilidad– para los estudiantes, ya no existe (la web sobre Nietzsche sigue funcionando porque la mayor parte de su obra se encuentra en dominio público).

No obstante, el escenario trasciende la situación del propio Potel. Lo que está en juego es una determinada concepción sobre los bienes culturales. Muestra de ello es la posición que ha adoptado Carlos de Santos, titular de la CAL (entidad que reúne y representa a las empresas editoriales): “la idea de que la cultura es gratis resulta muy peligrosa y dañina para las futuras producciones culturales. Si se quiere que la cultura sea gratis, el Estado o la comunidad, alguien, debería pagar el trabajo de ofrecer esos contenidos culturales. Mientras tanto, es un delito” (declaraciones en Revista Ñ, 31/09/09). Para demostrar que no se trata de mera retórica, la CAL ha logrado condenar a docentes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA por hacer fotocopiar material bibliográfico.

¿Cómo es posible esta arremetida por parte de los fundamentalistas de la propiedad intelectual? Gracias a la ley 11.723. Potel señala en su blog (filosofiaencastellano.blogspot.com, 07/08/09) que la ley data “del año 1933, no contempla medidas de privilegios o excepciones para las bibliotecas, éstas están impedidas de copiar su propio material, aún si es para fines de preservación. Si hay que creerles a los carteles que suelen adornar los libros, el préstamo mismo estaría prohibido y no sería de extrañar, si esta embestida de las corporaciones que se creen dueñas de la cultura no para, o mejor dicho no hacemos algo para que pare, que las mismas bibliotecas se vean obligadas a pagar derechos de autor o se vean obligadas a cerrar”.

Lo cual no está muy lejos de suceder, dado el convenio que la UBA firmó con el CADRA (Centro de Administración de Derechos Reprográficos), por el cual, destina una parte nada despreciable de su presupuesto a las editoriales en concepto de fotocopias. La identidad de intereses entre el CADRA y la CAL queda manifiesta en un convenio de colaboración en el que ambas entidades “se comprometen a iniciar procedimientos ante los tribunales de justicia en lo civil y en lo penal para luchar contra la reprografía ilegal (…). Estas acciones deberán ser destinadas a centros educativos, bibliotecas, centros de copiado u otros usuarios que realicen reproducción ilegal”.

Todo este asunto debe conducir a una necesaria constatación: la absoluta inadecuación de la obsoleta ley 11.723. Una ley que no sólo mercantiliza el conocimiento, sino que además castiga a individuos e instituciones que lo difunden sin fines de lucro y libremente. Una aplicación rigurosa de dicha ley se inclina más a aumentar la población carcelaria que a difundir el conocimiento.

Por lo cual, se entenderá, Potel es solamente el blanco momentáneo de los fundamentalistas de la propiedad intelectual y cualquier condena sobre su persona versará necesariamente sobre la propiedad del patrimonio intelectual universal. La Justicia tiene en sus manos la responsabilidad de responder a una pregunta que no puede ser planteada en otros términos: ¿de quién es la cultura?

______________________

Para colaborar con la causa de Potel:

http://www.nietzscheana.com.ar/ayuda_economica.htm

Y si quieren estar al tanto de su situación y/o difundir su caso, Potel está en Facebook:

http://www.facebook.com/horacio.potel

Micky Vainilla y la voz en off

In biopolítica, documentos de cultura, eufemismos, medios, microfascismos, videoteca on Octubre 21, 2009 at 12:06 am

Por Matías Muraca

Diego Capusotto y Pedro Saborido irrumpen, desacomodan y movilizan varias cosas todos los lunes a la noche en la televisión pública. Sus personajes gritan cosas para que se escuchen, ponen en evidencia no una, sino múltiples Argentinas, refieren a nuestros presentes e interpelan el pasado reciente.

Uno de los sketchs más interesantes para pensar nuestra sociedad es “Micky Vainilla”. Micky es la encarnación de un cantante pop que es nazi. No sólo tiene el típico bigotito de Hitler y se peina con el flequillo cayendo laciamente hacia la derecha, sino que todos sus temas poseen contenidos racistas y xenófobos. Vainilla es un cantante pop que sólo quiere “ver a los chicos bailar y divertirse”, sin conflictos, sin política. Aparece, sin embargo, otro personaje casi contrabandeado que, desde detrás de las cámaras, interpela metódicamente a Vainilla, se trata del entrevistador indignado que denuncia: la voz en off. Este segundo personaje cuestiona democrática y progresistamente la autenticidad fascista de Micky, denuncia punto por punto los aspectos más agresivos del cantante pop. El entrevistador es una prudente voz moral escandalizada frente al cantante nazi. Ante el cuestionamiento del peinado, del bigotito y de los actos con esvásticas, nuestro músico responde banalmente, volviéndose él mismo banal. Vainilla es inverosímil, increíble, sus respuestas bobas muestran al nazi que sólo niega, acorralado, las acusaciones morales del entrevistador. Este momento, podríamos decir, de nazismo epidérmico es eficazmente condenado por la voz.

Sin embargo, la necesidad de realizar una crítica de la voz se presenta no con el nazismo evidente, sino cuando ella se topa con el fascismo argumentado del músico pop. Vainilla, con su justificación liberal, de derecha y reaccionaria, al mejor estilo “roban pero hacen” se enerva ante las críticas bienpensantes de la voz y arremete con una contraargumentación: “¿Vos sabes lo que estamos haciendo con lo recaudado?”, increpa gravemente. El entrevistado se convierte en interrogador y ataca a la voz que, incapaz de resistir, claudica, consiente y dice: “Ah… no, no sabía”. Ya no importa que lo que se hace con lo recaudado es un basural para que los niños pobres revuelvan en vacaciones de invierno, ni un viaje al otro lado de la frontera para que visiten a sus parientes y no vuelvan o un muro simplemente para que “no los veamos”. El fascismo argumentado denuncia la pobreza de la voz. La contraargumentación incontestada presenta así el consentimiento progre de una voz que hasta unos momentos sentíamos como propia. Es justamente en ese punto cuando el sketch se sale de la ficción y mete los pies, de lleno, en el barro de nuestra sociedad posmenemista.

En ese momento nos convertimos en partícipes de la ficción o, al revés, la ficción se convierte en realidad. Lo que Vainilla había anunciado en sus primeras presentaciones “mi música le gusta a la gente de Buenos Aires”, se confirma cuando interviene la voz con su cuestionamiento moral para enseguida quedarse sin palabras. Cuando la voz, ya la gente, delata sus propios límites, consiente y hace propios (al callar) los argumentos de Micky. Es ahí cuando Micky se convierte en uno de los espejos posibles de nuestra sociedad. Un espejo que nos grita, grotescamente, algo que no es muy bonito. Nos dice que a la gente y a la familia de Buenos Aires nos gustan sus canciones (xenófobas, fascistas) y básicamente él, que es nazi. Pero nos dice además, malamente, que esta sociedad, o parte de ella, suficientemente culta para identificar al nazi y rechazarlo, es también lo suficientemente pobre, tonta, como una vaca que se ve venir al matadero, cuando ese nazismo nos da una argumentación, un “roban pero hacen”. Ahí, la voz (y la sociedad) parecieran claudicar y consentir. En ese silencio de la voz (ya nuestro) todos los temas de los videos de Vainilla se convierten en temas de la voz, de la gente.

Fuente: Página/12.

Casi insensibles

In beautiful losers, documentos de cultura, frases, medios, revistas on Septiembre 28, 2009 at 12:59 am

“(…) no pensar primero si conviene o no conviene decir algo, sino buscar una convicción de verdad. Todo aquello que no decimos porque no conviene es acumulado por ese enemigo que no deja de triunfar, para citar a Walter Benjamin. En parte, me alegra que hace treinta años hayamos dicho cosas que siguen siendo sumamente actuales. Pero, a la vez, esto quiere decir que aún hoy no hemos salido de una matriz que nos mantiene semiciegos, semimudos, casi insensibles.”

- Héctor Schmucler

Fuente.

Porco Rex, posmodernidad, pornodernismo

In documentos de cultura, medios, música, revistas on Agosto 4, 2009 at 1:01 am

[Lecturas tardías del último disco del Indio Solari. Una obra que intenta dar respuesta a la pregunta de cómo habitar el mundo en la era de la posmodernidad sin caer en el desencanto.]

Cada disco, cada tema del Indio Solari es apreciado como objeto de interpretación por unos oyentes siempre seguros de encontrar algo significativo en sus letras y guiños. El juego de las lecturas de Porco Rex (2007) se ve enriquecido por el constante devenir de la actualidad. ¿Qué quiere decir, hoy, Porco Rex?

Una opción es pensar en la gripe porcina que se ha entronizado y ha convertido a todo habitante del suelo argentino en su súbdito. Sin la necesidad de decretar el estado de sitio, ha logrado impedir parcialmente que las personas se junten entre sí o que concurran a lugares públicos en forma masiva. Y lo que es más, ha recomendado evitar los besos e incluso la ronda de mate. Otra interpretación posible, no tan descabellada, es pensar que Porco Rex hace referencia a ese pseudo emperador romano que lleva a cabo una cochina y pornográfica ostentación del poder en Mussolini-landia. Mansiones paradisíacas y prostitutas VIP son los caprichos de este Zar. Esta interpretación se ve apoyada por la asombrosa casualidad de que el personaje Porco Rex es mencionado por primera vez en un tema titulado, llamativamente, “Alien Duce” (del disco Último bondi a Finisterre).

No obstante, lo cierto es que Solari da su propia versión de lo que significa el título de su último disco: “es la mirada chancha. (…) El amor hoy está ridiculizado. Hay una fascinación pornográfica en la vida y eso es Porco Rex” (Puedo vivir como un francotirador, Revista 23, 29/11/07). Y agrega que “el amor, la pasión y los ideales son la sal de la vida. La parodia que la posmodernidad hace del pasado es descriptiva y no promete nada. Necesitamos tirar hacia adelante una mirada, tener un gran sueño y no perderlo de vista, y los ideales dan eso”.

Si bien Solari niega ser un nostálgico, reconoce cierta incomodidad en el mundo posmoderno. Incomodidad que está íntimamente relacionada con esa carencia de “un gran sueño”. En 1970, mucho antes de que cayera el muro de Berlín, Lennon grabó el bellísimo tema “God” donde -entre otras cosas- dice: “The dream is over / What can I say? / The dream is over”. Más que despedirse de los Beatles, Lennon parece querer despegarse de todo lo que la banda insinuó: la promesa de una revolución pacífica, cultural, ambiental e internacional. Tal vez en respuesta ante un paisaje que tiende a tornarse desolador, Solari grabó con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota una canción que hasta el día de hoy no ha sido editada oficialmente: “Pura suerte” (se la puede hallar en el demo grabado por la banda con RCA a principios de los ‘80). Allí, el Indio canta: “Que un sueño acabó, ya te dijeron… / pero no que todos los sueñitos, no. (…) Yo no puedo librarme / a lo que te debo como ilusión”.

Es decir, si en la posmodernidad se produce el pasaje de los grandes relatos (“sueños”) a los pequeños relatos (“sueñitos”), Solari propone aferrarse a algunos de los valores de la cultura rock en los que se formaron él y muchas personas de su generación. En ese pasaje, los ideales y el amor, considerados “la sal de la vida” por el propio Solari, no han salido indemnes. Los ideales han sido reemplazados por las modas y el amor, por una suerte de obsesión pornográfica por el cuerpo.

Entonces, el diagnóstico que hace Solari de la actualidad da cuenta de la existencia de un falso hedonismo, un culto a la exhibición del yo y el consumo como fin último; en el marco de un planeta en el que hay que sobrevivir a pesar de que “mientras tanto el Sol se muere” y en el que aparentemente “Dios queda en nada o no existe”. Para no sucumbir ante el desencanto, en la canción que le da el nombre al disco el Indio invita a habitar los lugares que la posmodernidad todavía no ha contaminado: “En manos de pavotes / todo el sueño quedó. / Disfrutá los placeres / que te quedan sin dañar”.

De esta manera, la imagen que queda es la de una batalla que se está perdiendo. El mundo se convierte en una máquina de destrozar ideales, vaciar de pasión a las personas y canalizar el placer por medio de la pornografía.

Se trata, en definitiva, de un mundo en el que se ha tornado irreversible la disolución de un “nosotros” con capacidad de interpelar a multitudes. Solari busca refugio en un “nosotros” que involucra a un número mucho menos global pero, en cambio, más propio y más sólido: el dos. El mismo que eligió Lennon cuando dejó a los Beatles para seguir camino junto a su compañera.

¿Cuánto te pagan por izar la bandera?

In biopolítica, documentos de cultura, efemérides on Julio 9, 2009 at 6:20 pm

Por Carlos el Indio Solari

Somos el miedo de los gobiernos que mienten en nombre de la verdad. El miedo del poder militar, económico y jurídico que impide la comunicación humana de pueblo a pueblo.

Somos el miedo de la soberanía de los piratas del mundo que mutilan el estado de ánimo e impiden la emociones reveladoras.

Somos el miedo del poder de los déspotas que reside en mecanismos impersonales. El miedo de las estructuras burocráticas que desalientan las conductas exploratorias. El miedo de las grandes fortunas que se robaron de los derechos naturales. El miedo de los centros de poder que amenazan con la destrucción total . El de esos varones sensatos y “prácticos” que desean dejar su huella en la historia y creen solamente en lo que pueden forzar y controlar.

Somos el miedo de quienes nos adiestran a ser corteses cuando alguna institución nos pisotea. El miedo de quienes temen a los cambios pues su status depende de la rutina y del tiempo de otras personas. El miedo de las tecnologías caprichosas que nos obligan a valorarlas adoptando siempre sus supuestos básicos.

Somos el viejísimo miedo agazapado en todos los rincones del Imperio y estamos encantados ¡encantados!

El flagelo, el castigo y Barcelona

In biopolítica, documentos de cultura, medios, revistas on Julio 7, 2009 at 11:41 am

Por Pablo Alabarces

Hay algo que aprendí hace muchos años, y fue leyendo a Emilio de Ipola, uno de los sociólogos más importantes de la Argentina ,y connotado hincha de Huracán. Fue en un libro de hace veinticinco años, Ideología y discurso populista, un trabajo fascinante. Allí aprendí que las metáforas biologicistas son clásicas del pensamiento de derecha: que la sociedad es un cuerpo, y que sus males son enfermedades, y que las soluciones son sus remedios. Por ende, alguien sostuvo que la izquierda es un cáncer que corroe las entrañas de la sociedad y debe ser extirpado; Menem pudo afirmar, suelto de cuerpo, que él iba a aplicar “cirugía mayor sin anestesia”; y La Nación, que a pesar de sus intentos por modernizarse sigue pegada a un discurso que atrasa más o menos cincuenta años, puede editorializar sosteniendo que las barras bravas son una “enfermedad social” (que debe ser erradicada como si fuera la viruela, digamos).

De esa concepción deriva un abuso de lenguaje que ha hecho estragos en la conversación cotidiana, periodística o política: es la insistencia en el flagelo. Hemos asistido al flagelo de la desocupación y del hambre, de la desnutrición y de la droga, de la homosexualidad y del erotismo, del libertinaje y de la violencia, que por supuesto van juntos. El uso de la palabreja demuestra facilidad del pensamiento y poca densidad analítica: porque flagelo remite a azote, calamidad, castigo, desgracia, plaga, peste, como cualquier búsqueda rápida en los diccionarios de la Real Academia o el María Moliner puede demostrar. Esos términos, a su vez, así como persisten en la idea derechista de la sociedad como un cuerpo, nos remiten a la idea del castigo divino, a un dios enojadísimo con los argentinos que les envía un azote tras otro, molesto porque le habríamos dado la espalda. En consecuencia, cada vez que alguien usa flagelo desvía la atención: de las causas, obviamente, que los sociólogos y los ateos insistimos en entender como pertinazmente terrenales, económicas, políticas, sociales. Flagelo termina siendo un recurso barato para evitar usar los sujetos gramaticales adecuados: por ejemplo, el flagelo de la inflación impide decir los sectores monopólicos concentrados aumentaron los precios una vez más. O el flagelo de la droga nos ahorra la molestia de afirmar el control del narcotráfico a cargo de la policía y los punteros políticos del conurbano. Como se verá, usar flagelo nos evita complicaciones.

El problema añadido es que nos la pone difícil cuando lo que aparece es un flagelo verdadero: la gripe, como lo fue el dengue. Eso se vuelve más inexplicable que lo habitual, porque es una desgracia real, una plaga, calamidad o peste, tal y como los diccionarios nos alertan. Al haber abusado del flagelo mentiroso, el flagelo verdadero se vuelve intratable. Y parece explosivo, porque aún si se tratare de un castigo divino se ve incrementado por los errores humanos: de los gobernantes porque se concentraron en las elecciones y de los opositores porque también se concentraron en las elecciones. Esa distracción extendida no ha hecho más que agravar la situación, que requería más inteligencia y trabajo. Todavía estamos a tiempo, y salvo la AFA todos parecen estar convencidos de ir en un solo camino.

Lo que estas situaciones también dejan ver es el surgimiento de las paranoias y los relatos conspirativos: acabo de leer un mail que afirma que no hay tal gripe porcina sino gripes comunes pero incrementadas por acción de Donald Rumsfeld y los intereses monopólicos de los laboratorios. A cualquier lector le deben haber llegado diez de estos textos –detrás de los que relatan los golpes que Néstor le habría propinado a Cristina o antes de los que afirman que los que votamos a Solanas somos derechistas pagados por Clarín. En fin: como decía Fredric Jameson, la paranoia es el mapa cognitivo de los pobres. Frente a un mundo que aparece incomprensible, agresivo y atroz, los subalternos usan los discursos conspirativos como un modo de reponer algún sentido a lo inexplicable. Y para eso, los y las argentinos/as somos mandados/as a hacer.

Por eso, permítanme parafrasear a la revista Barcelona, uno de los pocos grupos que ha entendido que hay que reírse salvajemente de la Argentina, por lo menos como estrategia de supervivencia –y también ofensiva: debemos recuperar la parodia y la injuria como herramientas políticas. Barcelona afirma en su última tapa que “el virus de la derecha ya es pandemia”, título acompañado con fotos de Macri, Reutemann, Cobos y De Narváez. La mera posibilidad de que de esos cuatro jinetes del Apocalipsis salga un presidente debe llamarnos a risa. Y creo que la gripe es un flagelo enviado por algún dios para castigar a los argentinos y argentinas por votar a tamaños personajes.

Fuente: Diario Crítica.

http://www.revistabarcelona.com.ar/

http://www.revistabarcelona.com.ar/

Mauricio off the record

In cuestiones de estado, documentos de cultura, videoteca on Junio 29, 2009 at 12:57 am

No suelo postear cosas demasiado cocidas porque tengo cierta vocación de chef (?), pero en este caso tengo que hacer una excepción: comparto con vosotros un video que me llegó por mail en el día de hoy. Sin más preámbulos, le paso el micrófono a Mauricio.

El Jefe de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, cuenta algunas irregularidades de la campaña de su compañero de partido, Francisco de Narváez, y de paso también se burla de las críticas de Pino Solanas sobre los prostíbulos que aún funcionan en la ciudad con total complicidad de la policía y la ciudad.

A lo que hace referencia al principio es al límite autoorizado para el gasto de campaña, fijado en $1,50 por cada elector del distrito. En el caso de De Narváez, el límite para la provincia de Buenos Aires para las elecciones legislativas de 2009 es de $15.525.587, que fueron ampliamente excedidos por el candidato del PRO.

Macri 2011

Macri 2011

Alfajor y monedas

In documentos de cultura, economía, medios, revistas on Junio 22, 2009 at 7:39 pm

Un acercamiento a los posibles significados de un fenómeno sumamente actual y complejo. Y la propuesta de ensayar una lectura en clave de sus correlatos en la cultura masiva.

Cada tanto, cada una cierta cantidad de años, aparece una expresión capaz de aprehender la realidad de un manotazo. De modo poco riguroso pero con una precisión que asombra, el espíritu de una época queda resumido en pocas palabras. Alguna vez fue “pizza con champagne”, otra fue el “todo por dos pesos”, también la “plata dulce” o el “deme dos”. Con origen en los medios y/o en la clase política, a veces de origen incierto, este tipo de expresiones comienzan a circular rápidamente hasta instalarse definitivamente en el vocabulario popular y cotidiano. Esta era ha recibido el nombre de “alfajor y monedas”.

La expresión es bien conocida por quienes utilizan el colectivo a diario. En los grandes puntos de concentración poblacional y alrededor de las principales paradas de colectivos se pueden ver vendedores ambulantes comercializando una mercadería exótica, escasa y difícil de hallar –¡características propias del caviar!–: las monedas. Con la particularidad de que quien las desee, deberá comprar alfajores (en algunos casos pueden ser pastillas o caramelos, pero eso es lo de menos). Así, un billete de diez pesos puede convertirse, a través de una rara pero eficaz alquimia, en ocho monedas de un peso y dos alfajores.

Esta nueva convertibilidad dice mucho sobre los años que se están viviendo. Sobre todo, pesa la inflación: para viajar desde José C. Paz hasta Martínez, el pasajero debe subir al 365 con la suma de dos pesos con sesenta. Si se dirige hacia su trabajo y, por lo tanto, tiene que hacer el mismo viaje cinco días a la semana (ida y vuelta), necesitará una carretilla llena de monedas para afrontarla.

Por otro lado, “alfajor y monedas” habla de la precariedad laboral. Bajo la siempre tramposa idea de que los períodos de crisis (¿son sólo “períodos”?) son también tiempos de oportunidades, ha nacido el vendedor de monedas. Es el encargado de vender el metálico y de seleccionar la golosina que viene con el combo. Su figura está sospechada de esconder un negocio espurio que involucra a las empresas de transportes y a los bancos, pero los viajantes no tienen más remedio que recurrir a él. “Alfajor y monedas” es, para estos personajes, una forma de ganarse la vida.

Ahora bien, volviendo al tema de las épocas, está claro que sus límites son difusos. Para pensarlo históricamente, valga el ejemplo absurdo: nunca los hombres se juntaron para anunciar “bueno, a partir de hoy empieza el Renacimiento”. Porque si bien es cierto que los períodos históricos suelen tener límites más o menos establecidos por hechos concretos, tampoco es falso que tengan algo de arbitrariedad. De hecho, en muchos casos los períodos se superponen y coexisten en torno a ciertos lugares y a ciertas personas. Es decir, el espíritu de una era sigue teniendo sentido en torno a algunas instituciones y eso lo hace perdurar a pesar de que a nivel general esa era se encuentre superada.

Esto se puede ver claramente en los medios de comunicación. Lo bizarro de los años no tan lejanos en los que containers de productos de dudosa utilidad y calidad eran vendidos al módico precio de dos pesos, fue plasmado en clave de comedia en el recordado programa de Diego Capusotto y Fabio Alberti, “Mario” y “Marcelo” respectivamente, llamado inequívocamente Todo x 2$. Hoy visto, el programa parece no haber perdido ese poder paródico que lo caracterizaba.

La era de la “pizza con champagne” –símbolo de un país que elegía producir menos y consumir más– ha dejado, quizás, la huella más visible. Hay programas que aún encarnan ese espíritu: los de Susana Giménez y Marcelo Tinelli son el mejor ejemplo. Con una puesta en escena que poco puede envidiarle a los shows internacionales; con luces, pantallas y papelitos (calificados por los conductores siempre con la misma palabra: “¡impresionante!”), con invitados “de lujo” y una estética de la exuberancia como si estuvieran transmitiendo en vivo desde Miami.

Tal vez el caso paradigmático sea el de La noche del 10, ya que fue conducido por el eterno símbolo, a la vez, de lo popular (la pizza) y la ostentación (el champagne). Se podría asegurar que Maradona fue convertido por Suar y compañía en el grito nostálgico de una era que se resiste a morir. El sociólogo y antropólogo Georges Balandier dice en El poder en escenas (Paidós) que “el bufón se debe al papel que su personaje le impone, de manera que es sólo su palabra la que es libre”. Diego puede hablar bien de Fidel y mal de Bush, pero el show debe seguir.

Finalmente, hay que tener en cuenta que se trata de un fenómeno demasiado actual, demasiado cercano, y que todavía no se deja comprender en todas sus dimensiones. Mientras tanto, valdría la pena hacer el ejercicio de descifrar en qué lugares y bajo qué modalidades la cultura masiva y mediática se ofrece con las características del nuevo signo distintivo de estos tiempos. Es decir, habría que distinguir, en la cotidianeidad y en los medios, qué es alfajor y qué es moneda.

Jugando con Capusotto y Saborido

In documentos de cultura, medios, música on Junio 13, 2009 at 3:20 pm

El jueves pasado tuve la oportunidad de asistir a la jornada “Capusotto: realidad nacional, política y cultura”, en la UNGS. En las primeras mesas hubo trabajos realmente muy interesantes, destacándose los de Rocco Carbone, Gustavo Aprea y Matías Muraca, quienes describieron y desmenuzaron los geniales -y complejos- personajes de Peter Capusotto y sus videos.

Para el cierre estuvieron presentes los grandes responsables de todo esto, Pedro “Peter” Saborido y Diego Capusotto, dando muestras de que en realidad conforman un monstruo creativo de dos cabezas. Capusotto es bien conocido por todos, escucharlo hablar es garantía de carcajadas. Por otro lado, también sabemos que resulta muy interesante cuando habla en serio. Lo asombroso es que Saborido es prácticamente igual. Ambos siguen esa línea de humor tan particular y, a la vez, tienen una capacidad de abstraerse y distanciarse de sí mismos para pensar lo que hacen desde una perspectiva crítica. Casi me olvido de contar que en la mesa final también estuvo Horacio González, que -creo yo- supo entender el juego y se dedicó más a cagarse de la risa que a comentar.

Personalmente, me llamó la atención algo que Capusotto dijo sobre Pomelo (a mi gusto, uno de los personajes menos buenos del programa) y que se me había pasado completamente desapercibido: no hay canciones de Pomelo. Y precisó: “la música para él es un obstáculo a superar”. Que el rock se convirtió en un gran negocio es sabido prácticamente desde sus inicios. Pero Capusotto se refería a otra cosa: el rock es una excusa. Hoy, en distintos ámbitos, lo que manda está después del acontecimiento. Sin importar en lo que esto consiste, lo que se busca está en los diarios del día siguiente.

Se dice que basta con escuchar dos segundos a vedettes, modelos o actrices (lugares comunes a los que se descalifica con facilidad) para comprobar que la actividad no tiene un sentido en sí misma; lo único que importa es la fama, el dinero y vender. Pero la fuerza de esta cultura del éxito por el éxito mismo parece destinada a contaminar cada uno de los sectores que anteriormente eran reconocidos por su capacidad de construir sentido. Nadie dudará en poner al fútbol en esa senda y, si no, presten atención a la siguiente declaración de Caruso Lombardi (DT de Racing): “Tenemos alma y corazón, nos falta fútbol”. Es como si un pintor dijera: “tengo pinceles y pinturas, lo que me falta es saber pintar”.

Todo es un “obstáculo a vencer”: el fútbol para algunos DT´s, la actuación para algunos actores, la música para algunos rockeros…  Hay mucho de falso hedonismo, pues se disfruta el fin y no los medios. Pero también hay más: para Francisco de Narváez, las elecciones son el obstáculo a vencer (el objetivo es consolidar su poder fáctico). El obstáculo de Alan García, los indígenas.

Por lo cual, me atrevo a preguntarme si existe la posibilidad de que, en lugar de que los valores hayan quedado suspendidos en el aire, éstos no serán los obstáculos de una arremetida que no conoce límites. Las posibilidades de sucumbir ante el desencanto son muchas, pero en algunas cosas soy un creyente y creo que el juego debe seguir siendo el motivo por el cual se juega.

Se me ocurre que tal vez mi pensamiento esté cargado de nostalgia, de deseos por conservar algo que alcanzó un punto de no retorno. No obstante, las excepciones son muchas y es en ellas donde me apoyo. González dijo -seguramente con otras palabras- que quizás Capusotto y Saborido nos estén devolviendo un nuevo concepto de la comunidad: somos aquellos que nos encontramos en los lugares marginales. Es decir, aquellos que tomamos lo que para algunos es un obstáculo, como el mismísimo juego.

House y Pfizer: el método es uno solo

In biopolítica, cuestiones de estado, documentos de cultura, el tio Sam, medios on Abril 7, 2009 at 4:22 pm

El talentoso Galliano, en una de las entregas de su historieta “Lenin y vos”, compara la filosofía pragmática norteamericana con el Dr. House y su ejercicio de la medicina tan reñido con la ética.

En una de las viñetas, House dice:  ”la gente siempre miente, por eso para mí no merece consideración, es sólo un obstáculo en el problema que yo quiero resolver: su salud”. A lo cual, su entrevistador -nada más y nada menos que el viejo Illich-, responde: “Ajá, igual que Bush”.

Todo esto viene a cuento de la noticia de que la farmacéutica más poderosa del mundo, Pfizer, experimentó sin autorización nuevas drogas en niños nigerianos. Este tipo de prácticas no son nada nuevas, pero pocas veces llegan a los medios ya que suelen quedar impunes por los poderosos intereses que las respaldan.

La noticia, aparecida en Página/12 en el día de hoy, es la siguiente:

 

El laboratorio que perdió el juicio

La multinacional Pfizer firmó un acuerdo para resarcir a las familias de los niños que fallecieron o sufrieron disfunciones, en Nigeria, tras haberlos sometido al experimento de una droga contra la meningitis, sin autorización.

Por Daniel Howden *

Lo más excitante que había pasado en el estudio de abogados de Richard Altschuler, en West Haven, Connecticut, era algún caso de divorcio, hasta que sonó el teléfono hace nueve años. Del otro lado de la línea, a un mundo de distancia desde el calor de Nigeria, estaba Eitgwe Uwo, un joven abogado con “una increíble historia sobre Pfizer”, el laboratorio medicinal. El fiscal de Lagos iba a iniciar una demanda sin precedentes contra la empresa farmacéutica más grande del mundo, enfrentando a los padres africanos con el gigante corporativo estadounidense. Y necesitaba ayuda.

Eitgwe había elegido a Altschuler porque, en 1979, el abogado de Connecticut había defendido exitosamente a un amigo de Nigeria. La insólita pareja estaba por embarcarse en un viaje maratónico hacia el mundo de “grandes laboratorios farmacológicos”. Nueve años han pasado y sus esfuerzos finalmente se han visto recompensados con un acuerdo de 75 millones de dólares, cuyos términos probablemente sean dados a conocer esta semana. Si suena como el guión de un éxito de Hollywood es porque esta fue la historia que inspiró a John Le Carré a escribir El jardinero fiel, según Altschuler. Y al cineasta brasileño Fernando Meirelles a filmar la película del mismo nombre, que recibió varios Oscar.

En la vida real ocurrió en Nigeria, no en Kenia, donde el libro sitúa la historia. En 1996, la empresa Pfizer necesitaba hacer pruebas con humanos de lo que esperaba que fuera un éxito farmacéutico, un antibiótico de amplio espectro que podía tomarse en formas de tabletas. La empresa con sede en Estados Unidos envió un equipo de sus médicos a una ciudad-villa miseria Kano, en Nigeria, en medio de una pavorosa epidemia de meningitis, en lo que llamaron una “misión humanitaria”. Sin embargo, los demandantes afirman que fue una prueba sin permiso médico en niños sumamente enfermos. Un equipo de médicos de Pfizer llegó al campo nigeriano justo cuando se había desatado la epidemia que mató a casi 11.000 personas. Se establecieron a metros de un puesto médico dirigido por el grupo de asistencia de Médicos Sin Fronteras, que estaba brindando tratamientos ya probados para aliviar la epidemia. De la multitud que se había reunido en el Hospital de Enfermedades Infecciosas de Kano, se eligieron 200 niños enfermos. A la mitad les dieron dosis de la droga experimental de Pfizer llamada Trovan y los otros fueron tratados con un antibiótico probado de una empresa rival.

Once de los niños murieron y muchos más, se presume, sufrieron posteriores efectos secundarios serios, que iban desde disfunciones de órganos hasta daño cerebral. Pero dada la virulencia de la meningitis, el cólera y el sarampión, el equipo de Pfizer hizo sus valijas y después de dos semanas se fue.

Ese probablemente hubiera sido el final de la historia si no fuera por un empleado de Pfizer, Juan Walterspiel. Unos 18 meses después del ensayo médico, escribió una carta al entonces jefe ejecutivo de la empresa, William Steere, diciendo que el ensayo había “violado las reglas éticas”. Walterspiel fue despedido un día después por motivos “no relacionados” con la carta, insiste Pfizer.

La empresa afirma que sólo cinco niños murieron después de tomar Trovan y seis murieron después de recibir inyecciones de la droga certificada Rocephin. El gigante farmacéutico dice que fue la meningitis lo que dañó a los niños y no el ensayo con la droga. Pero ¿sabían los padres que estaban ofreciendo a sus hijos para un ensayo experimental médico? “No”, dice el padre nigeriano Malam Musa Zango. Afirma que su hijo Sumaila, que entonces tenía 12 años, quedó sordo y mudo después de tomar parte en el ensayo. Pero Pfizer niega esto y dice que habían recibido el consentimiento del Estado nigeriano y de las familias de aquellos tratados. Presentó una carta de permiso de un comité de ética de Kano. La carta resultó haber estado antedatada y el comité había sido establecido un año después del ensayo médico original.

Trovan nunca se convirtió en el éxito que Pfizer había esperado y ya no se produce más. La Unión Europea prohibió la droga y fue finalmente retirada de la venta en Estados Unidos. Parece que Pfizer finalmente puso fin a la pesadilla con el acuerdo del viernes pasado. Pero la batalla de Trovan puede no haber terminado.

A fines de enero de 2009, una corte de apelaciones de Nueva York dictaminó que el caso de Etigwe y Altschuler podría ser revisto en Estados Unidos. El fiscal de Connecticut dice que puede salir. “Nuestro caso está firmemente planteado en Estados Unidos, de manera que el acuerdo nigeriano no cierra nuestro caso. Y estas son muy buenas noticias. Estoy feliz de haber permanecido como el jardinero fiel y poder ver que esto llega a buen término.”

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12

Traducción: Celita Doyhambéhère

A sus plantas rendido un país

In deportes, documentos de cultura, efemérides, el tio Sam, medios on Enero 16, 2009 at 4:38 pm

[El 30 de octubre de 1974, un Muhammad Alí de 32 años, por el que nadie daba ya un peso, subió a un ring en Zaire para enfrentar a un George Foreman de 25 años, con 40 peleas invicto y amplio favorito. Con el nocaut al final del 8º round, Alí hizo mucho más que recuperar la corona que le habían quitado por los medios más viles. Por eso, un entonces joven e inédito Osvaldo Soriano publicó en el número de diciembre de la revista Crisis esta nota, hasta ahora nunca republicada, que anticipa un libro que recopilará otras tantas de aquellos años, y en la que ya se vislumbran algunos de los grandes temas de sus futuros libros: boxeadores, perdedores y hombres que encarnan el destino trágico de un pueblo.]

Por Osvaldo Soriano

El derechazo de Alí. El inmenso cuerpo de Foreman que se derrumba a sus pies. Siete millones de negros musulmanes que enmudecen. O estallan de alegría. Veinticuatro minutos de pelea bastaron a Muhammad Alí para sacudir la historia del boxeo moderno. Los ojos del Zaire vieron cómo ese nieto de esclavos –que alguna vez llevó el nombre del propietario de su abuelo, Cassius Marcellus Clay– brindaba al mundo una de las más grandes lecciones de fe, de dignidad, de vida, de que es capaz un hombre.

Los medios de comunicación se apresuraron a difundir una imagen ligera, inocente, del triunfo de Alí. Como lo hicieron siempre que les tocó hablar de ese hombre rebelde que reúne –juntas– dos condiciones intolerables en los Estados Unidos: es negro y habla demasiado.

Gritó durante toda la pelea. Provocó a Foreman, lo sacó de sus casillas ayudado por el público negro que gritaba “matalo, Alí” como si ésa fuera la consigna de toda su raza. Y el bueno de Foreman, invicto hasta entonces, comenzó a flaquear, quemó sus energías en unos instantes hasta quedar a merced de quien siempre fue el verdadero dueño de la corona mundial.

Es posible que el formidable peso de la historia haya fulminado a Foreman. Cuando apareció en el ring y oyó a sus hermanos de color reclamar la corona robada por los norteamericanos hace siete años, no pudo sino entregarla. Para ello soportó desaire y vergüenza. Alí se sentó en las cuerdas, al acecho, y antes de derribarlo lo rezongó, se burló de él y hasta lo hizo embestir las sogas, ciego de furia e impotencia.

La chance de George Foreman se basaba, ante todo, en la presunta decadencia física de Alí. Muy pocos contaron, en cambio, con que la inteligencia del líder musulmán se había robustecido con el tiempo. Los apostadores que pensaban llenar sus bolsillos con el definitivo ocaso de Muhammad no quisieron ver la potencia que el odio había acumulado en sus músculos. El odio de una raza vejada durante cuatrocientos años en el Nuevo Mundo.

Había dos negros sobre el ring, pero sólo uno luchaba por algo más que 5 millones de dólares. Para Alí era el fin de un largo camino de humillaciones: la oportunidad de vengar las afrentas, de proclamarse soberano como hombre negro. De mostrar que no hay milagros sino realidades.

La estética caida de Foreman

La estética caída de Foreman

El triunfo de Alí fue el de los musulmanes negros, el de los objetores de conciencia atormentados y encarcelados por negarse a pelear en Vietnam. Pero no fue la suya una empresa individual, solitaria. Muchos hombros negros apuntalaron su fe y alimentaron su obsesiva ambición de ser el campeón para demostrar que la ley blanca era impotente ante la furia de uno de sus esclavos.

“Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”, ha escrito Norman Mailer. Parece exagerado. Sin embargo, el éxito de la cruzada emprendida por Alí hace siete años –que casi todos los expertos calificaron de utopía– parece dar la razón a Mailer.

La historia de Cassius Clay es común a casi todos los boxeadores negros, sólo que más brillante. La de Muhammad Alí está llena de grandeza y miseria.

El 28 de abril de 1964, Clay venció a Sonny Liston –un rey de los bajos fondos– en seis asaltos. Un año más tarde comenzaría la persecución: el 25 de mayo de 1965, la comisión de boxeo le quitó el título por primera vez, acusándolo de haber combatido ante Liston sin la debida autorización. Para reconquistarlo tuvo que esperar hasta el 6 de febrero de 1967 y vencer a Ernie Terrel, un blanco mediocre que había sido designado titular de la categoría.

La corona estuvo sobre su cabeza sólo dos meses. El 28 de abril, las autoridades le retiraron su licencia de boxeador y lo despojaron nuevamente del título mundial por negarse a ingresar al ejército norteamericano que iba a destinarlo a Vietnam.

“Con los impuestos que pago por cada pelea, un soldado norteamericano vive un mes matando gente en Vietnam. Con lo que pago en un año es posible construir bombas como para quemar una aldea. Con todo esto, ya soy culpable. ¿Tengo además que matar con mi propia mano?”, dijo entonces. Se declaraba objetor de conciencia, se confesaba integrante de los Black Muslims; eso bastaba para que los medios de comunicación elaboraran una imagen de monigote, de payaso, más digestiva para el público.

El 20 de junio de 1967, en Houston, Texas, el Tribunal Federal del Distrito Sur del Estado lo declaró culpable de negativa a ingresar al ejército y lo condenó a cinco años de prisión más una multa de 10 mil dólares.

A fuerza de apelaciones, Alí eludió el calabozo. Pero no dejó de hablar: “Los negros estamos presos hace cuatrocientos años –dijo–. Por eso no pueden llevarme a un lugar en el que ya estoy”.

Había ganado 4 millones de dólares, aunque el fisco embolsó el 80 por ciento. Con el resto compró una casa para su madre en Louisville –donde había nacido– y otra para él en Chicago por 100 mil dólares; el divorcio con su primera mujer le costó 50 mil dólares más una renta mensual de 1200 durante diez años. Los honorarios de sus abogados ascendieron en poco tiempo a 50 mil dólares. La persecución amenazaba con llevarlo a la bancarrota. Sin embargo, sus honorarios como socio de una cadena de puestos de salchichas en los barrios negros le permitieron salir adelante. Su figura –su inteligencia quizá– le abrió las puertas de las universidades donde dictó conferencias por las que cobraba mil dólares.

Los periódicos underground comenzaron a publicar sus respuestas. “¿Odia a los blancos?”, le preguntaron una vez. “No odio a nadie –contestó–, soy una víctima del odio. Soy demasiado limpio para este deporte. Soy demasiado bueno para mi tiempo. Esa es la razón por la que han decidido librarse de mí.”

Había otros motivos, más contundentes, para que los zares del boxeo lo echaran a la calle. Alí, el más grande boxeador de todas las épocas –según opinión de Joe Louis–, había sido un mal negocio. No había rivales para él; cualquier pelea era un juego de niños. Nadie pensaba seriamente en vencerlo. El público lo sabía y comenzó a quedarse en sus casas. Alí peleaba solo. Así, el más genial boxeador quedaba marginado por su propia grandeza.

Resultó una víctima ideal: molesto, fanfarrón, irritaba al periodismo con sus declaraciones, horribles poemas e insidiosas canciones. Cuando se negó a ir a la guerra, quedó absolutamente indefenso.

El 6 de mayo de 1968, el 5º Tribunal de Apelaciones confirmó la culpabilidad de Clay. Sus abogados sostuvieron más tarde que la condena se había basado en la exposición de cinco conversaciones telefónicas sostenidas por Alí e interceptadas por el FBI. El gobierno admitió haber tomado las charlas que, dijeron los fiscales, “afectaban la seguridad nacional”. Los tribunales dieron marcha atrás y el ex campeón tuvo su respiro.

Entretanto, su cintura perdía la armoniosa línea que le había permitido bailotear por el ring como un gato. Aunque varios estados norteamericanos habían anunciado que le concederían permiso para combatir, ningún político se animó a ver de cerca a ese negro contestón. Quiso pelear en el extranjero, pero le impidieron salir del país. El 6 de julio de 1970, el Tribunal de Apelaciones anunció que las charlas telefónicas no habían influido para condenarlo. Dos días más tarde, en Charleston, Carolina del Sur, le prohibieron hacer una exhibición. El 2 de septiembre, por fin, subió a un ring en Atlanta, Georgia, para cruzar guantes amistosamente con varios sparrings. Doce días después, el juez federal Walter Masfield, de Nueva York, decidió que la prohibición para actuar en su estado era “arbitraria e irracional”, y ordenó que le restituyeran los derechos. Otro tanto ocurrió en Atlanta, donde se concertó su pelea contra Jerry Quarry para el 26 de octubre. Muhammad Alí venció con facilidad y abrió el camino hacia el retorno. En su segunda pelea volteó al argentino Oscar Bonavena y más tarde a Jimmy Ellis. Así ganó el derecho a enfrentar a Joe Frazier por la corona mundial.

El combate –que Frazier ganó por puntos– pareció enterrar definitivamente a Muhammad Alí. Sin embargo, su ánimo no decayó. Para él, la derrota ante el campeón había sido injusta: exhibía como prueba su fortaleza al final del combate, mientras el vencedor debió ser internado en un hospital a causa de la paliza recibida.

El verdadero drama de Alí era moral. Elijah Muhammad, el máximo jerarca de los Black Muslims, había decidido expulsarlo de la congregación por negarse a abandonar el boxeo. Alí discutió con su maestro, pero respetuosamente acató la decisión. No obstante, jamás renegó de los Muslims: estaba seguro de que si recuperaba la corona, ellos serían los beneficiados. La Nación del Islam –así la denominan ellos– plantea el apartheid económico y racial del pueblo negro por medios pacíficos.

En noviembre de 1971, Muhammad Alí vino a Buenos Aires para realizar una exhibición en la cancha de Atlanta. Entonces montó su habitual show de verborragia y amenazas. Vicki Walsh y el autor de este artículo lo entrevistaron para conversar sobre su prédica religiosa y política.

“Somos 30 millones de negros contra 170 millones de blancos; no tenemos munición ni armamento adecuados y, sin embargo, nuestra revolución sigue creciendo. Si utilizáramos la violencia, los negros no tendríamos la menor chance en los Estados Unidos, porque ni siquiera controlamos los abastecimientos. Seríamos como un toro enfurecido corriendo hacia un tren: sólo quedarían su carne y su sangre sobre las vías.” Esta era su posición frente a la violencia de los Black Panters, aunque agregaba: “No condeno a ningún hombre por defender aquello que cree está bien, especialmente si está dispuesto a dar la vida por ello. Muchos revolucionarios negros han dado ya su vida”.

Quienes conocían a fondo las ideas de Alí ansiaban verlo en las tribunas, predicando la fe musulmana, lejos definitivamente del ring. Es que pocos creían en sus posibilidades de recuperar la corona. Sin embargo, en los tres años siguientes, este negro empecinado fue hacia una y otra costa del país para derribar a boxeadores de categoría menor en busca de una nueva oportunidad. Hasta tuvo que sufrir la fractura de su mandíbula frente al mediocre Ken Norton. Ya no brillaba como antes: había perdido su estilo felino, sus movimientos serenos y armoniosos. Ahora ponía sobre el ring la experiencia, la astucia; medía cada uno de sus pasos para no derrochar energías.

Cuando el título cambió de manos y el joven Foreman –un invicto temible por su pegada– se erigió en el nuevo coloso, los expertos opinaron que nadie podía dar un dólar por la chance de Alí. Sin embargo, Frazier cayó a sus pies, Norton tuvo que verlo levantar los brazos y los empresarios comenzaron a planear el gran combate.

Alí insistió para que se realizara en el Africa. Lo que parecía una mera especulación comercial, iba a adquirir un sentido magnífico el día de la victoria: el 30 de octubre, en Kinshasa, ningún negro dejó de levantar a Alí como un estandarte de libertad.

Programa de la pelea

Programa de la pelea

Curiosamente, las agencias noticiosas insistieron en la versión de un Alí payasesco, casi odioso. Nadie recordó que alguna vez dijo: “Un día levantaré mi puño vencedor para que mi pueblo negro diga, como yo, que es el más hermoso y el más fuerte”.

Al terminar el combate, gritó: “Fue Alá quien dio los golpes, era él y no yo quien estaba sobre el ring”. Era toda una raza la que esa noche estaba allí.

Con Foreman cayó el último Tío Tom del boxeo estadounidense. Es posible que Joe Louis haya visto vengada su miseria, Sonny Liston su muerte degradada. Aún no es posible saber si Alí abandonará el boxeo o buscará ganar dólares en una revancha. Poco importa ahora qué hará.

El deporte permitió que la raza negra erigiera a dos de los suyos como los hitos mayores de este siglo: Edson Arantes do Nascimento (Pelé) y Muhammad Alí. El brasileño renegó de su negritud, sirvió a la dictadura implantada en el Brasil en 1964 y aconsejó a los niños negros que tomaran Pepsi-Cola y fueran buenos con los blancos. Alí se negó a juzgarlo: “Es mi hermano de raza”, dijo. Pelé, en cambio, despreció siempre al boxeador.

“Ser campeón de peso pesado en la segunda mitad del siglo XX (con revoluciones negras a lo largo y ancho del mundo) representa algo parecido a ser Jack Johnson, Malcolm X y Frank Costello en una sola pieza”, ha dicho Norman Mailer. Es posible que nadie lo sepa mejor que Alí. De allí su afán casi salvaje por coronarse nuevamente.

Hemos tenido el raro privilegio de asistir al momento cumbre de la historia del boxeo. Más allá de la dudosa calidad del combate, millones de personas de todo el mundo vieron cómo Muhammad Alí recuperaba a puñetazos lo que el Tío Sam le había quitado por decreto.

Fuente: Radar, 28 de Enero de 2007.

Industria cultural y crisis

In cine, documentos de cultura on Enero 4, 2009 at 5:37 pm
Sobre El día que la Tierra se detuvo
La historia es más o menos así: un extraterrestre viene a la Tierra a advertirle a los hombres que están destruyendo el planeta. Lo interesante es leer esta película hoy, teniendo en cuenta que es una remake de The Day the Earth Stood Still, de 1951. Es decir, la idea de que el mundo se podía terminar estaba inspirada en el contexto terriblemente hostil que imponía la guerra fría.
Poster de la versión original (1951)

Poster de la versión original (1951)

Esta nueva versión ambientada en el XXI, estrenada en nuestro país el primer día de 2009 (¿a modo de anticipo, quizás?), no es una gran película ni tampoco demasiado entretenida. No obstante, como producto de la industria cultural, resulta muy rico para el análisis. ¿Qué sentido puede tener en nuestros días una historia estrechamente relacionada con los tiempos de post-guerra?

Poster de la remake

Poster publicitario de la remake.

Hoy, ante el fin de los grandes relatos, Hollywood vuelve a instalar el discurso humanista. Lo paradójico es que quien enuncia este discurso es nada más y nada menos que un alienígena (interpretado por Keanu Reeves). Los protagonistas llegan a una misma conclusión: cuando quedamos al borde del abismo, los hombres tenemos la oportunidad de mejorar. Es por eso que no merecemos -por lo menos aún- el apocalipsis.

Significativamente, ese es el discurso al que apela hoy en día el capitalismo para justificarse: las épocas de crisis son épocas de oportunidades. Quien esto escribe tuvo la oportunidad de presenciar el discurso de fin de año de Horst Paulmann, empresario chileno-alemán dueño del holding Cencosud, que controla gran parte del mercado de las cadenas de supermercados en Latinoamérica. El bueno de Paulmann vaticinó que el 2009 será un año difícil para todos (sobre todo para los empleados despedidos y por despedir, ¿no?), pero que iba a dar batalla porque -citó a Einstein (!!!)- toda crisis implica nuevas oportunidades.
La crisis, la bendita crisis. Para afrontarla, el capitalismo apela al mismo discurso que la industria cultural. Total no hay responsables, o sí: somos todos, los hombres, los seres humanos. Porque al transformar la crisis en una especie de lección que nos dan los dioses, eluden su responsabilidad. Hollywood tiene la necesidad de apresurarse a definir el conflicto según sus intereses. No vaya a ser cosa que nos demos cuenta.
___
A propósito: 2009 será el año de las remakes, por Toni García.

Pop es cultura

In beautiful losers, cine, documentos de cultura, medios on Diciembre 14, 2008 at 4:18 pm

Por Damián Tabarovsky

En qué momento los dibujos animados comenzaron a estar sobrecargados de referencias culturales? Probablemente, desde siempre. La relación entre el Correcaminos y el Coyote, por dar un ejemplo, retoma un tema clásico en la tradición literaria: el duelo. De hecho El duelo, de Joseph Conrad, puede leerse como una formidable novela sobre la relación íntima entre duelo y asesinato. Para Conrad, los duelistas son asesinos en potencia, y el desenlace del duelo es un mero detalle. En el Correcaminos las cosas no llegan a ese extremo, y además el duelo siempre se define a favor del mismo personaje, quizás por eso terminamos simpatizando más con el Coyote, especie de cabeza dura irreductible. Siempre en el Correcaminos, la omnipresencia de la marca ACME señala el momento en que el capitalismo se vuelve monopólico, y el poder de las marcas casi absoluto. No es necesario dar muchos ejemplos más. Tiendo a pensar a los dibujos animados como un tragamonedas donde de un lado insertamos una pieza, y del otro sale la historia completa de la cultura pop.

Volviendo a Conrad, además de la dimensión espiritual de su novela, hay un dato de color: sus duelistas son un gordo y un flaco. Pareja repetida y repetida en el mundo de la cultura televisiva y que, en verdad, retoma la idea cervantiana de la pareja despareja (El Quijote y Sancho Panza), tonto y retonto, el dúo de payasos. La década del 90 dio dos grandes dibujos animados en este registro: Beavis and Butt-head, y Ren y Stimpy. Beavis y su amigo Butt-Head son dos adolescentes que se dedican básicamente a escuchar heavy-metal, comer hamburguesas y fracasar con las chicas. En la herencia de series de TV de los 80, como Rosane y Casados con hijos, Beavis and Butt-Head ironizan sobre la trash people, el mundo de los vencidos por los años de Reagan, pero ahora en clave cool de MTV de los 90. El chihuahua Ren y el gatito Stimpy van un paso más allá y avanzan sobre el mal gusto, hasta desembocar en una profunda reflexión sobre lo deforme, concepto clave en el arte contemporáneo. Sin embargo, por detrás de la violencia y hasta de cierta ironía cruel, ambos dibujos incluyen un pensamiento sobre la amistad como último reservorio de la dignidad, en medio de la devastación de los lazos sociales en el capitalismo global.

El último avatar de los dibujos sobre dúos tan salvajes como ultracultos es Pucca, creado en Corea del Sur y que diariamente se puede ver por el canal Jetrix. La trama es tan sencilla que se vuelve extraordinariamente compleja. Pucca es una niña con una habilidad para resolver situaciones imprevistas que remite al gran MacGyver, dueña también de un deseo irrefrenable por el combate (que recuerda a la Bellota de Las Chicas Superpoderosas) sólo que, a diferencia de la Powerpuff Girl, tiene también una fuerza sobrehumana que la vuelve casi invencible. Pues bien, semejante heroína tiene un solo objetivo en la vida: robarle un beso a Garu. Pero eso se concreta muy de vez en cuando y Garu, un ninja que ocupa claramente el rol pasivo, permanece ajeno al deseo de su amante insatisfecha (Garu es un maestro en el arte de escaparse de su duelista acosadora). Por cierto, los personajes no hablan, jamás se escuchan sus voces (es probable que hayan tomados votos de silencio, pero eso no queda del todo claro). Cada tanto, aparece Tobe, otro ninja archienemigo de Garu, que generalmente termina demolido a golpes no por Garu, sino por Pucca (la perfección en la inversión de los roles masculinos y femeninos entre Garu y Pucca es sólo comparable con los personajes de William H. Macy y Frances McDormand en Fargo, de los hermanos Cohen). Todo acompañado por una banda de sonido post-punk cuya traducción al castellano le da un toque surrealista al asunto (“Pucca quiere a Garu/ Divertido amor/ Come fideos/ Lo busco/ Lo beso/ Bam, bam, bam”).

Interpretar la cultura en clave pop no tiene el menor interés. Interpretar el pop en clave cultural es imprescindible.

 

 

Fuente: Perfil de los domingos.