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House y Pfizer: el método es uno solo

In biopolítica, cuestiones de estado, documentos de cultura, el tio Sam, medios on Abril 7, 2009 at 4:22 pm

El talentoso Galliano, en una de las entregas de su historieta “Lenin y vos”, compara la filosofía pragmática norteamericana con el Dr. House y su ejercicio de la medicina tan reñido con la ética.

En una de las viñetas, House dice:  ”la gente siempre miente, por eso para mí no merece consideración, es sólo un obstáculo en el problema que yo quiero resolver: su salud”. A lo cual, su entrevistador -nada más y nada menos que el viejo Illich-, responde: “Ajá, igual que Bush”.

Todo esto viene a cuento de la noticia de que la farmacéutica más poderosa del mundo, Pfizer, experimentó sin autorización nuevas drogas en niños nigerianos. Este tipo de prácticas no son nada nuevas, pero pocas veces llegan a los medios ya que suelen quedar impunes por los poderosos intereses que las respaldan.

La noticia, aparecida en Página/12 en el día de hoy, es la siguiente:

 

El laboratorio que perdió el juicio

La multinacional Pfizer firmó un acuerdo para resarcir a las familias de los niños que fallecieron o sufrieron disfunciones, en Nigeria, tras haberlos sometido al experimento de una droga contra la meningitis, sin autorización.

Por Daniel Howden *

Lo más excitante que había pasado en el estudio de abogados de Richard Altschuler, en West Haven, Connecticut, era algún caso de divorcio, hasta que sonó el teléfono hace nueve años. Del otro lado de la línea, a un mundo de distancia desde el calor de Nigeria, estaba Eitgwe Uwo, un joven abogado con “una increíble historia sobre Pfizer”, el laboratorio medicinal. El fiscal de Lagos iba a iniciar una demanda sin precedentes contra la empresa farmacéutica más grande del mundo, enfrentando a los padres africanos con el gigante corporativo estadounidense. Y necesitaba ayuda.

Eitgwe había elegido a Altschuler porque, en 1979, el abogado de Connecticut había defendido exitosamente a un amigo de Nigeria. La insólita pareja estaba por embarcarse en un viaje maratónico hacia el mundo de “grandes laboratorios farmacológicos”. Nueve años han pasado y sus esfuerzos finalmente se han visto recompensados con un acuerdo de 75 millones de dólares, cuyos términos probablemente sean dados a conocer esta semana. Si suena como el guión de un éxito de Hollywood es porque esta fue la historia que inspiró a John Le Carré a escribir El jardinero fiel, según Altschuler. Y al cineasta brasileño Fernando Meirelles a filmar la película del mismo nombre, que recibió varios Oscar.

En la vida real ocurrió en Nigeria, no en Kenia, donde el libro sitúa la historia. En 1996, la empresa Pfizer necesitaba hacer pruebas con humanos de lo que esperaba que fuera un éxito farmacéutico, un antibiótico de amplio espectro que podía tomarse en formas de tabletas. La empresa con sede en Estados Unidos envió un equipo de sus médicos a una ciudad-villa miseria Kano, en Nigeria, en medio de una pavorosa epidemia de meningitis, en lo que llamaron una “misión humanitaria”. Sin embargo, los demandantes afirman que fue una prueba sin permiso médico en niños sumamente enfermos. Un equipo de médicos de Pfizer llegó al campo nigeriano justo cuando se había desatado la epidemia que mató a casi 11.000 personas. Se establecieron a metros de un puesto médico dirigido por el grupo de asistencia de Médicos Sin Fronteras, que estaba brindando tratamientos ya probados para aliviar la epidemia. De la multitud que se había reunido en el Hospital de Enfermedades Infecciosas de Kano, se eligieron 200 niños enfermos. A la mitad les dieron dosis de la droga experimental de Pfizer llamada Trovan y los otros fueron tratados con un antibiótico probado de una empresa rival.

Once de los niños murieron y muchos más, se presume, sufrieron posteriores efectos secundarios serios, que iban desde disfunciones de órganos hasta daño cerebral. Pero dada la virulencia de la meningitis, el cólera y el sarampión, el equipo de Pfizer hizo sus valijas y después de dos semanas se fue.

Ese probablemente hubiera sido el final de la historia si no fuera por un empleado de Pfizer, Juan Walterspiel. Unos 18 meses después del ensayo médico, escribió una carta al entonces jefe ejecutivo de la empresa, William Steere, diciendo que el ensayo había “violado las reglas éticas”. Walterspiel fue despedido un día después por motivos “no relacionados” con la carta, insiste Pfizer.

La empresa afirma que sólo cinco niños murieron después de tomar Trovan y seis murieron después de recibir inyecciones de la droga certificada Rocephin. El gigante farmacéutico dice que fue la meningitis lo que dañó a los niños y no el ensayo con la droga. Pero ¿sabían los padres que estaban ofreciendo a sus hijos para un ensayo experimental médico? “No”, dice el padre nigeriano Malam Musa Zango. Afirma que su hijo Sumaila, que entonces tenía 12 años, quedó sordo y mudo después de tomar parte en el ensayo. Pero Pfizer niega esto y dice que habían recibido el consentimiento del Estado nigeriano y de las familias de aquellos tratados. Presentó una carta de permiso de un comité de ética de Kano. La carta resultó haber estado antedatada y el comité había sido establecido un año después del ensayo médico original.

Trovan nunca se convirtió en el éxito que Pfizer había esperado y ya no se produce más. La Unión Europea prohibió la droga y fue finalmente retirada de la venta en Estados Unidos. Parece que Pfizer finalmente puso fin a la pesadilla con el acuerdo del viernes pasado. Pero la batalla de Trovan puede no haber terminado.

A fines de enero de 2009, una corte de apelaciones de Nueva York dictaminó que el caso de Etigwe y Altschuler podría ser revisto en Estados Unidos. El fiscal de Connecticut dice que puede salir. “Nuestro caso está firmemente planteado en Estados Unidos, de manera que el acuerdo nigeriano no cierra nuestro caso. Y estas son muy buenas noticias. Estoy feliz de haber permanecido como el jardinero fiel y poder ver que esto llega a buen término.”

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12

Traducción: Celita Doyhambéhère

A sus plantas rendido un país

In deportes, documentos de cultura, efemérides, el tio Sam, medios on Enero 16, 2009 at 4:38 pm

[El 30 de octubre de 1974, un Muhammad Alí de 32 años, por el que nadie daba ya un peso, subió a un ring en Zaire para enfrentar a un George Foreman de 25 años, con 40 peleas invicto y amplio favorito. Con el nocaut al final del 8º round, Alí hizo mucho más que recuperar la corona que le habían quitado por los medios más viles. Por eso, un entonces joven e inédito Osvaldo Soriano publicó en el número de diciembre de la revista Crisis esta nota, hasta ahora nunca republicada, que anticipa un libro que recopilará otras tantas de aquellos años, y en la que ya se vislumbran algunos de los grandes temas de sus futuros libros: boxeadores, perdedores y hombres que encarnan el destino trágico de un pueblo.]

Por Osvaldo Soriano

El derechazo de Alí. El inmenso cuerpo de Foreman que se derrumba a sus pies. Siete millones de negros musulmanes que enmudecen. O estallan de alegría. Veinticuatro minutos de pelea bastaron a Muhammad Alí para sacudir la historia del boxeo moderno. Los ojos del Zaire vieron cómo ese nieto de esclavos –que alguna vez llevó el nombre del propietario de su abuelo, Cassius Marcellus Clay– brindaba al mundo una de las más grandes lecciones de fe, de dignidad, de vida, de que es capaz un hombre.

Los medios de comunicación se apresuraron a difundir una imagen ligera, inocente, del triunfo de Alí. Como lo hicieron siempre que les tocó hablar de ese hombre rebelde que reúne –juntas– dos condiciones intolerables en los Estados Unidos: es negro y habla demasiado.

Gritó durante toda la pelea. Provocó a Foreman, lo sacó de sus casillas ayudado por el público negro que gritaba “matalo, Alí” como si ésa fuera la consigna de toda su raza. Y el bueno de Foreman, invicto hasta entonces, comenzó a flaquear, quemó sus energías en unos instantes hasta quedar a merced de quien siempre fue el verdadero dueño de la corona mundial.

Es posible que el formidable peso de la historia haya fulminado a Foreman. Cuando apareció en el ring y oyó a sus hermanos de color reclamar la corona robada por los norteamericanos hace siete años, no pudo sino entregarla. Para ello soportó desaire y vergüenza. Alí se sentó en las cuerdas, al acecho, y antes de derribarlo lo rezongó, se burló de él y hasta lo hizo embestir las sogas, ciego de furia e impotencia.

La chance de George Foreman se basaba, ante todo, en la presunta decadencia física de Alí. Muy pocos contaron, en cambio, con que la inteligencia del líder musulmán se había robustecido con el tiempo. Los apostadores que pensaban llenar sus bolsillos con el definitivo ocaso de Muhammad no quisieron ver la potencia que el odio había acumulado en sus músculos. El odio de una raza vejada durante cuatrocientos años en el Nuevo Mundo.

Había dos negros sobre el ring, pero sólo uno luchaba por algo más que 5 millones de dólares. Para Alí era el fin de un largo camino de humillaciones: la oportunidad de vengar las afrentas, de proclamarse soberano como hombre negro. De mostrar que no hay milagros sino realidades.

La estética caida de Foreman

La estética caída de Foreman

El triunfo de Alí fue el de los musulmanes negros, el de los objetores de conciencia atormentados y encarcelados por negarse a pelear en Vietnam. Pero no fue la suya una empresa individual, solitaria. Muchos hombros negros apuntalaron su fe y alimentaron su obsesiva ambición de ser el campeón para demostrar que la ley blanca era impotente ante la furia de uno de sus esclavos.

“Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”, ha escrito Norman Mailer. Parece exagerado. Sin embargo, el éxito de la cruzada emprendida por Alí hace siete años –que casi todos los expertos calificaron de utopía– parece dar la razón a Mailer.

La historia de Cassius Clay es común a casi todos los boxeadores negros, sólo que más brillante. La de Muhammad Alí está llena de grandeza y miseria.

El 28 de abril de 1964, Clay venció a Sonny Liston –un rey de los bajos fondos– en seis asaltos. Un año más tarde comenzaría la persecución: el 25 de mayo de 1965, la comisión de boxeo le quitó el título por primera vez, acusándolo de haber combatido ante Liston sin la debida autorización. Para reconquistarlo tuvo que esperar hasta el 6 de febrero de 1967 y vencer a Ernie Terrel, un blanco mediocre que había sido designado titular de la categoría.

La corona estuvo sobre su cabeza sólo dos meses. El 28 de abril, las autoridades le retiraron su licencia de boxeador y lo despojaron nuevamente del título mundial por negarse a ingresar al ejército norteamericano que iba a destinarlo a Vietnam.

“Con los impuestos que pago por cada pelea, un soldado norteamericano vive un mes matando gente en Vietnam. Con lo que pago en un año es posible construir bombas como para quemar una aldea. Con todo esto, ya soy culpable. ¿Tengo además que matar con mi propia mano?”, dijo entonces. Se declaraba objetor de conciencia, se confesaba integrante de los Black Muslims; eso bastaba para que los medios de comunicación elaboraran una imagen de monigote, de payaso, más digestiva para el público.

El 20 de junio de 1967, en Houston, Texas, el Tribunal Federal del Distrito Sur del Estado lo declaró culpable de negativa a ingresar al ejército y lo condenó a cinco años de prisión más una multa de 10 mil dólares.

A fuerza de apelaciones, Alí eludió el calabozo. Pero no dejó de hablar: “Los negros estamos presos hace cuatrocientos años –dijo–. Por eso no pueden llevarme a un lugar en el que ya estoy”.

Había ganado 4 millones de dólares, aunque el fisco embolsó el 80 por ciento. Con el resto compró una casa para su madre en Louisville –donde había nacido– y otra para él en Chicago por 100 mil dólares; el divorcio con su primera mujer le costó 50 mil dólares más una renta mensual de 1200 durante diez años. Los honorarios de sus abogados ascendieron en poco tiempo a 50 mil dólares. La persecución amenazaba con llevarlo a la bancarrota. Sin embargo, sus honorarios como socio de una cadena de puestos de salchichas en los barrios negros le permitieron salir adelante. Su figura –su inteligencia quizá– le abrió las puertas de las universidades donde dictó conferencias por las que cobraba mil dólares.

Los periódicos underground comenzaron a publicar sus respuestas. “¿Odia a los blancos?”, le preguntaron una vez. “No odio a nadie –contestó–, soy una víctima del odio. Soy demasiado limpio para este deporte. Soy demasiado bueno para mi tiempo. Esa es la razón por la que han decidido librarse de mí.”

Había otros motivos, más contundentes, para que los zares del boxeo lo echaran a la calle. Alí, el más grande boxeador de todas las épocas –según opinión de Joe Louis–, había sido un mal negocio. No había rivales para él; cualquier pelea era un juego de niños. Nadie pensaba seriamente en vencerlo. El público lo sabía y comenzó a quedarse en sus casas. Alí peleaba solo. Así, el más genial boxeador quedaba marginado por su propia grandeza.

Resultó una víctima ideal: molesto, fanfarrón, irritaba al periodismo con sus declaraciones, horribles poemas e insidiosas canciones. Cuando se negó a ir a la guerra, quedó absolutamente indefenso.

El 6 de mayo de 1968, el 5º Tribunal de Apelaciones confirmó la culpabilidad de Clay. Sus abogados sostuvieron más tarde que la condena se había basado en la exposición de cinco conversaciones telefónicas sostenidas por Alí e interceptadas por el FBI. El gobierno admitió haber tomado las charlas que, dijeron los fiscales, “afectaban la seguridad nacional”. Los tribunales dieron marcha atrás y el ex campeón tuvo su respiro.

Entretanto, su cintura perdía la armoniosa línea que le había permitido bailotear por el ring como un gato. Aunque varios estados norteamericanos habían anunciado que le concederían permiso para combatir, ningún político se animó a ver de cerca a ese negro contestón. Quiso pelear en el extranjero, pero le impidieron salir del país. El 6 de julio de 1970, el Tribunal de Apelaciones anunció que las charlas telefónicas no habían influido para condenarlo. Dos días más tarde, en Charleston, Carolina del Sur, le prohibieron hacer una exhibición. El 2 de septiembre, por fin, subió a un ring en Atlanta, Georgia, para cruzar guantes amistosamente con varios sparrings. Doce días después, el juez federal Walter Masfield, de Nueva York, decidió que la prohibición para actuar en su estado era “arbitraria e irracional”, y ordenó que le restituyeran los derechos. Otro tanto ocurrió en Atlanta, donde se concertó su pelea contra Jerry Quarry para el 26 de octubre. Muhammad Alí venció con facilidad y abrió el camino hacia el retorno. En su segunda pelea volteó al argentino Oscar Bonavena y más tarde a Jimmy Ellis. Así ganó el derecho a enfrentar a Joe Frazier por la corona mundial.

El combate –que Frazier ganó por puntos– pareció enterrar definitivamente a Muhammad Alí. Sin embargo, su ánimo no decayó. Para él, la derrota ante el campeón había sido injusta: exhibía como prueba su fortaleza al final del combate, mientras el vencedor debió ser internado en un hospital a causa de la paliza recibida.

El verdadero drama de Alí era moral. Elijah Muhammad, el máximo jerarca de los Black Muslims, había decidido expulsarlo de la congregación por negarse a abandonar el boxeo. Alí discutió con su maestro, pero respetuosamente acató la decisión. No obstante, jamás renegó de los Muslims: estaba seguro de que si recuperaba la corona, ellos serían los beneficiados. La Nación del Islam –así la denominan ellos– plantea el apartheid económico y racial del pueblo negro por medios pacíficos.

En noviembre de 1971, Muhammad Alí vino a Buenos Aires para realizar una exhibición en la cancha de Atlanta. Entonces montó su habitual show de verborragia y amenazas. Vicki Walsh y el autor de este artículo lo entrevistaron para conversar sobre su prédica religiosa y política.

“Somos 30 millones de negros contra 170 millones de blancos; no tenemos munición ni armamento adecuados y, sin embargo, nuestra revolución sigue creciendo. Si utilizáramos la violencia, los negros no tendríamos la menor chance en los Estados Unidos, porque ni siquiera controlamos los abastecimientos. Seríamos como un toro enfurecido corriendo hacia un tren: sólo quedarían su carne y su sangre sobre las vías.” Esta era su posición frente a la violencia de los Black Panters, aunque agregaba: “No condeno a ningún hombre por defender aquello que cree está bien, especialmente si está dispuesto a dar la vida por ello. Muchos revolucionarios negros han dado ya su vida”.

Quienes conocían a fondo las ideas de Alí ansiaban verlo en las tribunas, predicando la fe musulmana, lejos definitivamente del ring. Es que pocos creían en sus posibilidades de recuperar la corona. Sin embargo, en los tres años siguientes, este negro empecinado fue hacia una y otra costa del país para derribar a boxeadores de categoría menor en busca de una nueva oportunidad. Hasta tuvo que sufrir la fractura de su mandíbula frente al mediocre Ken Norton. Ya no brillaba como antes: había perdido su estilo felino, sus movimientos serenos y armoniosos. Ahora ponía sobre el ring la experiencia, la astucia; medía cada uno de sus pasos para no derrochar energías.

Cuando el título cambió de manos y el joven Foreman –un invicto temible por su pegada– se erigió en el nuevo coloso, los expertos opinaron que nadie podía dar un dólar por la chance de Alí. Sin embargo, Frazier cayó a sus pies, Norton tuvo que verlo levantar los brazos y los empresarios comenzaron a planear el gran combate.

Alí insistió para que se realizara en el Africa. Lo que parecía una mera especulación comercial, iba a adquirir un sentido magnífico el día de la victoria: el 30 de octubre, en Kinshasa, ningún negro dejó de levantar a Alí como un estandarte de libertad.

Programa de la pelea

Programa de la pelea

Curiosamente, las agencias noticiosas insistieron en la versión de un Alí payasesco, casi odioso. Nadie recordó que alguna vez dijo: “Un día levantaré mi puño vencedor para que mi pueblo negro diga, como yo, que es el más hermoso y el más fuerte”.

Al terminar el combate, gritó: “Fue Alá quien dio los golpes, era él y no yo quien estaba sobre el ring”. Era toda una raza la que esa noche estaba allí.

Con Foreman cayó el último Tío Tom del boxeo estadounidense. Es posible que Joe Louis haya visto vengada su miseria, Sonny Liston su muerte degradada. Aún no es posible saber si Alí abandonará el boxeo o buscará ganar dólares en una revancha. Poco importa ahora qué hará.

El deporte permitió que la raza negra erigiera a dos de los suyos como los hitos mayores de este siglo: Edson Arantes do Nascimento (Pelé) y Muhammad Alí. El brasileño renegó de su negritud, sirvió a la dictadura implantada en el Brasil en 1964 y aconsejó a los niños negros que tomaran Pepsi-Cola y fueran buenos con los blancos. Alí se negó a juzgarlo: “Es mi hermano de raza”, dijo. Pelé, en cambio, despreció siempre al boxeador.

“Ser campeón de peso pesado en la segunda mitad del siglo XX (con revoluciones negras a lo largo y ancho del mundo) representa algo parecido a ser Jack Johnson, Malcolm X y Frank Costello en una sola pieza”, ha dicho Norman Mailer. Es posible que nadie lo sepa mejor que Alí. De allí su afán casi salvaje por coronarse nuevamente.

Hemos tenido el raro privilegio de asistir al momento cumbre de la historia del boxeo. Más allá de la dudosa calidad del combate, millones de personas de todo el mundo vieron cómo Muhammad Alí recuperaba a puñetazos lo que el Tío Sam le había quitado por decreto.

Fuente: Radar, 28 de Enero de 2007.

Beijing ‘08: 100 metros con vallas y retenciones

In cuestiones de estado, economía, el tio Sam, medios on Agosto 8, 2008 at 1:48 pm

“Llama la atención un silencio compartido por unos y otros: nadie cuestiona a las políticas internas del gobierno chino, que por cierto es una de las peores dictaduras del mundo ahora objeto de deseo tanto de exportadores como de retencionistas. China está gobernada desde hace sesenta años por el mismo partido monopólico que a comienzos de la década de 1960 dejó morir de hambre a casi dos millones de personas por causa del fracaso de la política económica conocida como ‘gran salto hacia adelante’, que pocos años después provocó el asesinato de un millón y medio de opositores en la época de la ‘Revolución Cultural’, además de los doce millones de personas que fueron obligadas a hacer trabajos forzados en villas rurales a modo de educación ‘proletaria’; el mismo régimen que hace casi veinte años masacró a los estudiantes congregados en la plaza Tien-An-Men y que este mismo año reprimió, una vez más, al pueblo tibetano. Se sabe: negocios son negocios. No es algo nuevo: en la época del general Videla y del economista Martínez de Hoz el país se negó a unirse al embargo cerealero contra la Unión Soviética promovido por los Estados Unidos basándose en el lema ‘El enemigo (comunista) de mis amigos (liberales) es mi cliente’. Lo peor de todo son los falsos moralistas de la oposición, abundantes en programas periodísticos de la televisión y en columnas de opinión de varios periódicos. Que a notorias dictaduras se les venda trigo, carne o soja por motivos pecuniarios o políticos, o porque al país así le conviene, es comprensible, pero que tantos moralistas de fin de semana se irriten por la visita oficial del tiranuelo de Guinea Ecuatorial a Buenos Aires o por los raptos de prepotencia del comandante Chávez en tanto callan sobre los desmanes del nuevo cliente internacional de la Argentina resulta un ejercicio de hipocresía. Es gente de lengua bífida que prefiere negociar con dictadores de verdad y no con sus parodias en miniatura.”


- CHRISTIAN FERRER, Página/12, 16 de Junio de 2008.

Combatiendo el insomnio

In cine, el tio Sam, frases, marx, videoteca on Marzo 31, 2008 at 1:36 pm

3am. Te acostás sin sueño, pero te acostás porque al otro día hay que laburar, estudiar, y -para rematar un lunes infinito- jugar al fútbol con los compañeros de la facultad. Lo mejor sería ir bien despierto y descansado, pero no va a ser posible: este es el relato de cómo no pude pegar un ojo en toda la puta noche. Al acostarme supe que iba a ser así, y fue entonces cuando me rendí ante aquella máxima que García lanzó desde La máquina de hacer pájaros: qué se puede hacer salvo ver películas.
Prendo la tele y de manera instantánea empiezo a convertirme en un homo zapping: no hay un carajo para ver. Ni siquiera una porno de las malas, esas que uno veía cuando era chico como si fuese lo máximo. Comienza la investigación por “los canales altos”, es decir, canales que sólo frecuentamos en las noches de insomnio o de aburrimiento extremo. Algo es algo: encontré una película lacrimógena que había visto hace mucho tiempo, con Susan Sarandon y Julia Roberts. Es una de esas en la que un personaje se muere de una enfermedad terrible, terrible. Nada mal para una noche de insomnio, pero terminó a las 5:30 y todavía sigo sin sueño. Cambiemos de canal.
Ahora viene lo interesante: están dando Rocky V. Siempre tuve un problema con este tipo de películas, sea Rocky, Rambo, Alien, Indiana Jones…el problema es que nunca las vi. (¿Dije interesante?). Yo siempre era el boludo que se quedaba a fuera de las conversaciones cuando con los amigos empezábamos a hablar de películas. Lo cual es totalmente injusto, porque estoy casi seguro de que a ninguno de mis amigos le gusta el cine más que a mí. Y confieso sin ponerme colorado: Volver al futuro y Terminator las vi de grande para enterarme un poco de qué hablaban mis amigos. Lo mismo hice tiempo después con Rocky IV, y fue cuando cambió mi opinión sobre la industria de Hollywood. Me pareció una genialidad.
¿Se acuerdan de Rocky IV? Baboa es el campeón y piensa en retirarse, pero una pelea en la que no participa cambia el panorama: Iván Drago vence a su amigo Apollo Creed en el segundo asalto, con tanta dureza que Apollo pierde la vida. Rocky jura vengarse y acepta pelear con el blondo. No iba a permitir que un boxeador de la Unión Soviética venciera a un norteamericano, no mientras él viva. Esto es lo que siempre me pareció fascinante de Rocky IV: la maquinaria ideológica de Hollywood muestra todos sus dientes. El ruso es una máquina física, se ha fortalecido a base de anabólicos y otras sustancias, sus entrenamientos parecen experimentos científicos y su frialdad es la de un miembro del politburó. Además es malo, inspira temor, pero no sabemos por qué, no tiene “historia”. Es el villano, la encarnación del mal por el mal mismo (Hannah Arendt diría “banal”); y además es comunista.

Balboa vs. Drago ¿y Lenin?

La pelea es en la URSS, ante un clima más que hostil. Los golpes son lamentables: nada de cubrirse ni desplegar el arte del jab, es un mero intercambio de golpes. Como todos sabíamos que iba a pasar, empieza ganando el ruso y la termina ganando Rocky en el último round, por KO. La escena siguiente es surrealista: el público soviético, entre ellos gente del Kremlim y alguien que parece ser Gorvachov, se rinde ante el poderío de Balboa y cambia abucheos por aplausos. El ítalo-americano (con pantaloncitos más americanos que ítalos) da un discurso de vencedor: “¡Todos podemos cambiar!”, grita. Parecía el mismísimo Lenin exigiendo “¡todo el poder para los Soviets!”. Fin de Rocky IV.
Empieza Rocky V. Balboa vuelve a EEUU con intenciones de colgar los guantes, pero se desayuna que está en bancarrota. Esta es casi una constante en la vida de los boxeadores: alcanzar la gloria y derrapar hasta caer en lo más profundo de la miseria. Es más, estoy casi seguro de que Marx pensó en un boxeador cuando sentenció aquella frase tan citada: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa” (El 18 brumario de Luis Bonaparte, 1851-52). Entonces a laburar: Rocky comienza a entrenar a Tommy Gunn, un joven boxeador (interpretado por quien fuera campeón de la OMB en la vida real, Tommy Morrison) que luego lo traicionaría.
La película es mala, bastante mala, pero el final tiene dos elementos que merecen ser destacados. El primero es casi un chusmerío y consiste en que Sylvester Stallone tenía planeado matar a Rocky, plan del cual desistiría por considerar que su personaje había alcanzado un status de ícono cultural americano, ¿quién puede negarlo? El final fue cambiado y termina con Rocky subiendo las escalinatas del Museo de Arte de Philadelphia junto a su hijo (interpretado por el hijo de Stallone en la vida real). Las escalinatas probablemente las recuerden porque son las mismas que subiera en otra ocasión al ritmo de parapaannnn-parapaannn, la diferencia -y he aquí el segundo elemento- es que cuando llegan a la cima se encuentran con…¡la estatua de Rocky! Y no se trata de que pusieron una estatua para la película, sino que la estatua estaba ahí en realidad (estuvo varios meses, luego se la sacaron de encima). Es decir, parte de la sociedad norteamericana entronizó la figura de ese boxeador ficticio que tanto había hecho por ellos. De nuevo: ¿quién puede negarlo? Stallone se hace eco de lo que su personaje ha generado, de la misma manera que Cervantes salió a responder en 1615 a todos los rumores que su ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha había generado con el inicio de sus andanzas, en 1605.
Ladramos, Sancho, es verdad. Señal de que el caballito de la ideología ha recorrido un largo camino.

Manifestoon

In el tio Sam, marx, medios, videoteca on Enero 14, 2008 at 5:14 pm

Una versión más que interesante de un texto fundamental: el Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels.


Digan ustedes si no es fuertemente simbólica esta imagen:

GEORGE W. BUSH, PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2008. ¡SUMATE!

In el tio Sam, iniciativas on Diciembre 11, 2007 at 8:53 pm
Abrís el diario y te enterás que Al Gore es el nuevo premio Nobel de la Paz. Tenés dos opciones:

a) te ponés en intolerante y mandás a la mierda a todo el mundo, despotricás contra el “progresismo” y la “tolerancia”, etc.

ó

b) te rendís y preferís continuar con la lógica de este mundo, o mejor aún, la llevás al extremo.

En un acto de valentía sin igual, nosotros elegimos por la segunda.
Sépanlo: http://delanadaalagloria.esamigodebush.com.ar/

Por eso, los invitamos a votar en favor de la candidatura de George W. Bush como premio Nobel de la Paz 2008. Aquí la invitación:

To: Derrotados del mundo

Para demostrar una vez más que el mundo no se rige por las reglas sino más bien por los llamados “casos excepcionales”, lanzamos la candidatura de George W. Bush como premio Nobel de la Paz para el año 2008.

El nuevo orden mundial nacido tras la caída del muro muestra el triunfo indiscutido de la democracia liberal norteamericana. Un triunfo tan contundente que ni la Unión Europea fue capaz de objetar, mucho menos cuando la administración Bush decidió atacar al enemigo en su propia casa, es decir, combatir al “fundamentalismo” musulmán en Medio Oriente.

Un mundo que opera con esta lógica merece quedar en la historia. Por eso, le damos la copa al fin al vencedor: George W. Bush, premio Nobel de la Paz 2008.

Derrotados del mundo… ¡A VOTAR!

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Por favor, voten. No es broma
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“El duendecillo que me impulsa a ver siempre el lado
cómico y caricaturesco

de todas las escenas, nunca dejó de estar activo en mí,
manteniéndome alegre a pesar de todo.”

Antonio Gramsci, Cartas desde la cárcel, Ed. Nueva Visión, pág. 22.