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La comunidad o el sujeto

In General on Septiembre 4, 2008 at 4:00 pm

La filosofía política del siglo XX ha hecho un aporte medular al debate sobre la ética en las sociedades modernas. ¿Qué es prioritario, mantener vivos los valores de cada cultura o garantizar la libertad individual?

 

En tiempos en que las relaciones sociales cobran cada vez un carácter más complejo, Charles Taylor y John Rawls aparecen como las figuras que de alguna forma representan a maneras totalmente distintas de concebir el mundo: el liberalismo igualitario y el comunitarismo. El debate en sí no es nuevo, pero éstos filósofos han revivido la llama.

Rawls, filósofo nacido en Estados Unidos, toma dos ideas centrales de Kant: la primera es que existen ciertas obligaciones y derechos universales inherentes a cada individuo; la segunda es el concepto de autonomía. Estas ideas se conjugan en una teoría ética (plasmada en Sobre las libertades, Paidós, 1990) que garantiza el máximo de libertad posible a cada individuo. Rawls supone que, en una situación hipotética de contrato libre, las personas elegirían garantizarse mutuamente un nivel de autonomía significativamente amplio. Esta elección está justificada por una característica dual presente en cada individuo: el aspecto racional (es decir, relativo a la capacidad de elegir el mejor medio para un fin) y el aspecto razonable (capacidad para consensuar con otros individuos).

 

John Rawls

John Rawls

Por su parte, Taylor, filósofo canadiense, toma como punto de partida las críticas de Hegel hacia Kant. En lugar de pensar un individuo abstracto y autónomo, considera que la plena realización del ser humano deriva de la más completa integración de éste en su comunidad particular. En La ética de la autenticidad (Paidós, 1994) argumenta que las personas están constituidas por valores y bienes sin haberlos aceptado en una situación de libre elección. Es decir, nadie elige su país natal y muy pocos eligen su religión; aquí el individuo descubre valores presentes antes que él.

 

Charles Taylor

Charles Taylor

El debate adquiere relevancia cuando se piensa en situaciones concretas, como por ejemplo un hecho muy ilustrativo al respecto que se dio a conocer hace algunos meses atrás. En alguna parte del primer mundo, un grupo de personas se había reunido para recolectar firmas con el fin de que se trate una ley a favor de la necrofilia. Argumentaban que la necrofilia es una elección sexual como cualquier otra, y que mientras no se violen los derechos de otra persona no hay delito alguno. Entonces, proponían que la gente done su cuerpo voluntariamente para beneficiar y satisfacer a esta minoría de personas que siente placer al tener relaciones sexuales con cadáveres. La línea de pensamiento que los respalda es simple: la mutilación de una persona es castigada como un delito, salvo cuando la persona mutilada ha dado previamente su conformidad. No se ha condenado a ningún médico por quitarle el corazón a un cadáver y transplantárselo a una persona que lo necesite…

Es claro que el tema de la necrofilia no es para nada sencillo, sino más bien perturbador. Pero los rechazos más enérgicos están bañados de hipocresía porque generalmente se argumenta por el respeto hacia los muertos, desde diferentes cuestiones metafísicas vinculadas a la religión. La pregunta es: ¿se respeta a un muerto cuando sus órganos le son extraídos?; por otro lado, ¿un cadáver es una persona? Algunos grupos religiosos rigurosamente ortodoxos se niegan a aceptar ciertas prácticas como la donación de órganos y la cremación de los restos, porque creen que tras el Armagedón Dios revivirá a los muertos, y para ello necesitará los cuerpos. Se podría ironizar diciendo que ese Dios no va a encontrar el mismo cuerpo que fue enterrado (debido a la descomposición de la materia), o llamando la atención sobre el semi-Dios que instó comer de su carne y beber de su sangre (¿antropofagia?, ¿canibalismo?); pero no viene al caso.

En esta situación, comunitaristas y liberalistas ofrecerían soluciones totalmente opuestas. Los primeros se refugiarían en el concepto de “holismo”, según el cual el todo tiene una importancia que va más allá de la suma de las partes. Por consiguiente, las prácticas de los individuos afectan a la comunidad en su conjunto. Difícilmente un Estado comunitarista aceptaría la aprobación de una ley a favor de la necrofilia. De hecho, recientemente muchos Estados han sancionado leyes que la prohíben (durante mucho tiempo fue un vacío legal).

Por otro lado, los liberalistas con su postura más “atomista”, argumentarían con la división entre lo público y lo privado. Sostienen que en la esfera privada está todo permitido, siempre y cuando no se afecte a otras personas. Además, si la persona hubiese aceptado ceder su cadáver para este tipo de prácticas, estaría reproduciendo de alguna manera la situación de contrato libre que caracteriza al liberalismo igualitario.

El debate, extensible hacia toda cuestión en la que estén en juego las relaciones sociales, permite fijar posiciones. Entonces, la pregunta es: ¿la comunidad o el sujeto?

 

A mover el dum-dum

In General, biopolítica, cuestiones de estado, medios on Julio 29, 2008 at 4:08 pm

No tienen norte, no tienen salvación
hacé el trabajo y redimilos, por favor
Que se mejoren allá en la eternidad…
(partíles el buñuelo y quitá mi pena así)

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, “Sheriff”

El 4 de julio (fecha patria a full), el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos Aníbal Fernández firmó la resolución 1.770/08, que permite a ciertos cuerpos especiales de la Policía Federal la utilización de proyectiles expansivos, más conocidos como de “punta hueca”. Esa bala, de altísimo poder de daño y letalidad, ha sido condenada y prohibida por la Declaración de La Haya y la Convención de Ginebra.
Este proyectil debe su efecto letal a una característica no menor: cuando impacta con un cuerpo, libera toda su energía. Es decir, no atraviesa el cuerpo sino que comienza a abrirse dentro de él.
¿Se acuerdan de Jean-Charles Menezes? Sí, se tienen que acordar. Era el brasileño que fue asesinado en Londres al ser “confundido” con un terrorista. Bueno, resulta que su cara de “poco londinense” le costó muy cara (valga la redundancia): cayó asesinado por estas inocentes balas conocidas como “dum-dum”.
Imaginamos que los muchachos de la Federal deben estar ansiosos por estrenar el chiche nuevo. La pregunta es: ¿cuándo? Estemos atentos.

Anibal Fernández

Por lo pronto, sabemos que los trabajadores de FATE, Pirelli y Firestone se muestran como firmes candidatos…