laputaquelopario

Archivos de la categoría ‘microfascismos’

Macri, la UCEP y “el fino”

In cuestiones de estado, marx, microfascismos, máscaras on Diciembre 3, 2009 at 1:14 am

Los comparaciones son odiosas, pero también inevitables. ¿Cómo no comparar a Mauricio, que tiene su propia fuerza de choque y su pequeña SIDE personal, con aquel ser despreciable que para acceder y mantenerse en el poder supo organizar lo peor de su sociedad?

Exagerada o no, la comparación es una buena excusa para hacer eso que hacemos constantemente y que tanto nos gusta: citar el 18 Brumario.

Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y en general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses llaman labohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, «Sociedad de beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, que sólo en éste encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte sans phrase. Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y los frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable. Así, en su expedición a Estrasburgo, el buitre suizo amaestrado desempeñó el papel de águila napoleónica. Para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos de Londres en uniformes franceses. Ellos representan el ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre, reunió a 10.000 miserables del lumpen, que habían de representar al pueblo, como Nick Bottom representaba el león. En un momento en que la misma burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia. Sólo después de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo toma en serio su papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica, al auténtico Napoleón, sólo entonces es víctima de su propia concepción del mundo, el payaso serio que ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas habían sido los talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles, era para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido propia de él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos a las estaciones debían improvisarle en sus viajes un público, representar el entusiasmo popular, gritar Vive l’Empereur!, insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía a él, era su obra, su idea más primitiva. Todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las circunstancias, en todos sus hechos actúan por él las circunstancias o se limita a copiarlo de los hechos de otros; pero Bonaparte que se presenta en público, ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schuftele y los Spielberg, la sociedad del desorden, la prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Se había dado el caso de que representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden habían sido apaleados por los decembristas. Más aún. El comisario de policía, Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado de la vigilancia de su seguridad, denunció a la comisión permanente, basándose en el testimonio de un tal Alais, que una sección de decembristas había acordado asesinar al general Changarnier y a Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, estando ya elegidos los individuos encargados de ejecutar este acuerdo. Se comprenderá el terror del señor Dupin. Parecía inevitable una investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista. Por eso, precisamente, Bonaparte disolvió prudentemente su sociedad, claro está que sólo sobre el papel, pues todavía a fines de 1851, el prefecto de policía Carlier, en una extensa memoria, intentaba en vano moverle a disolver realmente a los decembristas.

- Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Capítulo V.

Micky Vainilla y la voz en off

In biopolítica, documentos de cultura, eufemismos, medios, microfascismos, videoteca on Octubre 21, 2009 at 12:06 am

Por Matías Muraca

Diego Capusotto y Pedro Saborido irrumpen, desacomodan y movilizan varias cosas todos los lunes a la noche en la televisión pública. Sus personajes gritan cosas para que se escuchen, ponen en evidencia no una, sino múltiples Argentinas, refieren a nuestros presentes e interpelan el pasado reciente.

Uno de los sketchs más interesantes para pensar nuestra sociedad es “Micky Vainilla”. Micky es la encarnación de un cantante pop que es nazi. No sólo tiene el típico bigotito de Hitler y se peina con el flequillo cayendo laciamente hacia la derecha, sino que todos sus temas poseen contenidos racistas y xenófobos. Vainilla es un cantante pop que sólo quiere “ver a los chicos bailar y divertirse”, sin conflictos, sin política. Aparece, sin embargo, otro personaje casi contrabandeado que, desde detrás de las cámaras, interpela metódicamente a Vainilla, se trata del entrevistador indignado que denuncia: la voz en off. Este segundo personaje cuestiona democrática y progresistamente la autenticidad fascista de Micky, denuncia punto por punto los aspectos más agresivos del cantante pop. El entrevistador es una prudente voz moral escandalizada frente al cantante nazi. Ante el cuestionamiento del peinado, del bigotito y de los actos con esvásticas, nuestro músico responde banalmente, volviéndose él mismo banal. Vainilla es inverosímil, increíble, sus respuestas bobas muestran al nazi que sólo niega, acorralado, las acusaciones morales del entrevistador. Este momento, podríamos decir, de nazismo epidérmico es eficazmente condenado por la voz.

Sin embargo, la necesidad de realizar una crítica de la voz se presenta no con el nazismo evidente, sino cuando ella se topa con el fascismo argumentado del músico pop. Vainilla, con su justificación liberal, de derecha y reaccionaria, al mejor estilo “roban pero hacen” se enerva ante las críticas bienpensantes de la voz y arremete con una contraargumentación: “¿Vos sabes lo que estamos haciendo con lo recaudado?”, increpa gravemente. El entrevistado se convierte en interrogador y ataca a la voz que, incapaz de resistir, claudica, consiente y dice: “Ah… no, no sabía”. Ya no importa que lo que se hace con lo recaudado es un basural para que los niños pobres revuelvan en vacaciones de invierno, ni un viaje al otro lado de la frontera para que visiten a sus parientes y no vuelvan o un muro simplemente para que “no los veamos”. El fascismo argumentado denuncia la pobreza de la voz. La contraargumentación incontestada presenta así el consentimiento progre de una voz que hasta unos momentos sentíamos como propia. Es justamente en ese punto cuando el sketch se sale de la ficción y mete los pies, de lleno, en el barro de nuestra sociedad posmenemista.

En ese momento nos convertimos en partícipes de la ficción o, al revés, la ficción se convierte en realidad. Lo que Vainilla había anunciado en sus primeras presentaciones “mi música le gusta a la gente de Buenos Aires”, se confirma cuando interviene la voz con su cuestionamiento moral para enseguida quedarse sin palabras. Cuando la voz, ya la gente, delata sus propios límites, consiente y hace propios (al callar) los argumentos de Micky. Es ahí cuando Micky se convierte en uno de los espejos posibles de nuestra sociedad. Un espejo que nos grita, grotescamente, algo que no es muy bonito. Nos dice que a la gente y a la familia de Buenos Aires nos gustan sus canciones (xenófobas, fascistas) y básicamente él, que es nazi. Pero nos dice además, malamente, que esta sociedad, o parte de ella, suficientemente culta para identificar al nazi y rechazarlo, es también lo suficientemente pobre, tonta, como una vaca que se ve venir al matadero, cuando ese nazismo nos da una argumentación, un “roban pero hacen”. Ahí, la voz (y la sociedad) parecieran claudicar y consentir. En ese silencio de la voz (ya nuestro) todos los temas de los videos de Vainilla se convierten en temas de la voz, de la gente.

Fuente: Página/12.