“Señor, ¿usted me podría informar qué medidas de seguridad adoptará el Gobierno para proteger a los testigos de los juicios, ahora que sus verdugos están libres..?”
Lugar: la biblioteca municipal de Mar del Plata. Motivo: charla debate a cargo de este columnista. La pregunta: por parte de una mujer joven, clase media, no con tono irónico sino con la “ingenuidad” de quien supone estar requiriendo una información elemental que hasta ahora no fue brindada por las autoridades. Impacto: un auditorio desconcertado y un periodista -yo- advirtiendo que la barbarie política, moral y jurídica desatada por la obediencia debida tiene alcances que nuestra indignación, en estos momentos iniciales del impacto, no permite mensurar. La respuesta: un obvio “no sé”, acompañado por un no menos obvio “creo que ninguna”.
Ernesto Sábato afirmó, al recordársele el informe de la CONADEP, que le parece, a veces, que “la tarea fue un poco estúpida, un poco fuera de la realidad”. Haciendo abstracción de por qué sólo le parece “a veces”, visto el nocaut de la realidad (quizás, una lícita manera de escaparle para no sentirse tan estúpido, como todos), “inutilidad” y “estupidez” no son ni las únicas ni las más trascendentes deducciones de la hora.
Los argentinos que retornaron del averno; los que desenmascararon a sus victimarios en Tribunales; los que asistieron a la Justicia en la exhumación de cadáveres; los que batallaron en diarios y emisoras conquistando espacios para amplificar sus denuncias; los periodistas y organismos que colaboraron con ellos. Los que recibieron para su acción el tácito apoyo de un Gobierno que alzaba la bandera de la no impunidad, sienten mucho más que el haber sido engañados. Están desamparados, a merced de la venganza de quienes dispusieron de sus vidas.
Si se preguntan qué protección se les otorga podrán contestarse con la tranquilidad de Tróccoli, que nos dio la confianza de estar viviendo en uno de los lugares más seguros del mundo horas antes de quince bombas a la vez. Claro que se refería a la delincuencia común, pero igual sirve: si la policía dispone de licencia para operar “a lo Budge” y el ministerio lo cocomita con un excelente nivel de seguridad, ¿a qué pueden aspirar los testigos del genocidio?
Frente a la “policía del gatillo fácil” y el beneplácito con que se la juzga en varios sectores “porque a estos negros delincuentes hay que matarlos a todos”, el juez Zaffaroni recomienda a quien opina así cuidarse de no ser el próximo muerto. Como de cuidados se trata, justamente, conviene advertir que desde esta semana se incorporó uno nuevo: a los policías que ejecutan por costumbre hay que agregar los criminales que volvieron a estar sueltos.
Que viene a ser tener que cuidarse de la misma cosa.
- Eduardo Aliverti, Página/12, sábado 27 de Junio de 1987. Sí, 1987.
[EDITO EL POST PARA AGREGAR UN BOLETÍN DE CORREPI QUE PONE EN EVIDENCIA LA NEGLICENCIA CON LA QUE "EL GOBIERNO DE LOS DERECHOS HUMANOS" INVESTIGÓ EL CASO. EL BOLETÍN ES DE CUANDO SE CUMPLIERON LOS PRIMEROS 6 MESES DE LA DESAPARICIÓN DE LÓPEZ.]
Aníbal el optimista
El ministro del interior es un optimista. A seis meses de la desaparición de Julio López, y cuando la única novedad es que no hay una sola noticia en la búsqueda del compañero y la identificación de sus captores, declaró a Radio Continental “Estoy convencido de que lo vamos a encontrar en algún momento”, aclarando que él es “optimista por naturaleza”.
Tan optimista, que mandó al subsecretario de Derechos Humanos, Rodolfo Mattarolo, y al representante especial para Derechos Humanos de la Cancillería, embajador Horacio Méndez Carreras, a decir en una audiencia en Washington, ante la Comisión Interamericana de DDHH (CIDH), que para el gobierno argentino hay “progresos muy importantes y pistas firmes” sobre los responsables de la desaparición de López.
En esas declaraciones del 7 de marzo, en cambio, Aníbal dijo que “por ahora no hay ninguna novedad”, aunque “todos los días insiste a las brigadas policiales en que profundicen la búsqueda”. Por si su policía le falla, admitió también que pidió refuerzos superiores: “Si Dios y la Virgen me ayudan, lo encontramos y se va a la casa”.


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