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Promesas sobre el bidet

In medios on Diciembre 25, 2008 at 10:13 pm

Por favor no hagas promesas sobre el bidet
por favor no me abras más los sobres.
Por favor, yo te prometo te esperaré
si es que paro de correr.

- Charly García

Como todos los 25 de diciembre, y como le suele suceder a la mayoría de los que la noche anterior se entregaron a beber y comer con desmesura, este día fue de pura resaca navideña. No conté las veces que fui a orinar, pero sé que fueron muchas. Por esta situación descubrí cómo mirar TN sin tener cable ni internet.

Resulta que mi viejo dejó el Clarín del 23 en el bidet y cada vez que uno iba al baño veía siempre las mismas noticias. Con una frecuencia bastante regular me informaban que Kirchner decidió que no habrá bajas en las retenciones a la soja, que Cristina y Cobos ni se miraron en la basílica de Luján, que la línea de subte A llega hasta Flores, que el Tigre de Cagna aún soñaba por el título y alguna noticia más.

Después de varias veces de vaciar mi vejiga, sentí una sensación bastante molesta: es la que siento cuando dejo la tele prendida sintonizando TN mientras hago alguna otra cosa. Exactamente las mismas noticias se repetían cada una X cantidad de tiempo. Los mismos títulos estúpidamente llamativos me invitaban a leer artículos de pobre contenido y de pésima gramática. El bombardeo informativo de siempre que prioriza la cantidad por sobre la calidad.

Así fue que de repente me encontré con que había dejado sintonizado TN en el baño, bien cerquita del inodoro. Me causó gracia la sola idea de tirar la cadena y que con el agua se vayan Bonelli, Sylvestre, Lapegüe y compañía.

Charly, atrapado sin salida.

In biopolítica, medios, música, videoteca on Junio 13, 2008 at 12:51 am

¿Qué se puede decir sobre Charly García que no se haya dicho a lo largo de esta semana? Sin duda, mucho. Pero nunca lo suficiente.
Su obra, desde los años (no tan) inocentes de Sui Géneris hasta su último disco (Kill Gil, que oficialmente aún no fue editado pero circula en la red desde hace meses), es tan rica en extensión como en calidad. Se puede decir sin vacilar que sus canciones han sido una fuente permanente de emociones para millones de personas que hablan esta lengua. Y sin embargo, dicen que está loco, que es un estúpido, que ya no es el que era.

¿Qué es el pasado en nuestra vida?
¿Por qué ese peso sigue aquí?*

Se olvidan, Charly, que vienen diciendo lo mismo desde hace décadas. Que también te expulsaron del servicio militar porque para ellos vos estabas loco. ¿No se les ocurre siquiera pensar que, tal vez, sea ésta una nueva forma de la genialidad? ¿Habrán escuchado tus últimos discos? No, ellos no, para ellos ya estás pasado de vuelta. No te entienden.

Un accidente no es pecado,
y no es pecado estar así.

Te quieren normalizar, Charly. Para que los empresarios puedan contratarte con la garantía de que van a cobrar cada uno de los pesos que inviertan, y muchos más. Para que vayas a los megafestivales auspiciados por cervezas, gaseosas y celulares; para que actúes en sus circos y te vayas sin chistar. Así no les servís, Charly, ése es el problema. Necesitan vaciarte y que seas como ellos quieren.

No sé qué droga te arenga más que yo,
pero esta lluvia no pasó…
Estoy llorando aquí por vos.

¿Quiénes somos nosotros para pedirte algo, Charly? A vos que tantas alegrías nos diste. Por mi parte, sólo te digo gracias. Infinitamente gracias por cada una de tus sublimes canciones, desde la primera de Sui hasta las que puedan llegar a venir. Y si se te antoja dejar la música y este pequeño e insignificante mundo, voy a ser el primero en lamentarlo. Pero, ¿sabés qué?, voy a tratar de descifrar, con o sin éxito, qué nueva genialidad estás preparando.

Pero aquí estoy en este lado,
por eso déjame salir,
yo solo quiero tu vivir.

* Cada uno de los versos intercalados pertenece a “Maradona blues”, canción inédita con la que Charly García le dedicó su amor al otro astro incomprendido.

Combatiendo el insomnio

In cine, el tio Sam, frases, marx, videoteca on Marzo 31, 2008 at 1:36 pm

3am. Te acostás sin sueño, pero te acostás porque al otro día hay que laburar, estudiar, y -para rematar un lunes infinito- jugar al fútbol con los compañeros de la facultad. Lo mejor sería ir bien despierto y descansado, pero no va a ser posible: este es el relato de cómo no pude pegar un ojo en toda la puta noche. Al acostarme supe que iba a ser así, y fue entonces cuando me rendí ante aquella máxima que García lanzó desde La máquina de hacer pájaros: qué se puede hacer salvo ver películas.
Prendo la tele y de manera instantánea empiezo a convertirme en un homo zapping: no hay un carajo para ver. Ni siquiera una porno de las malas, esas que uno veía cuando era chico como si fuese lo máximo. Comienza la investigación por “los canales altos”, es decir, canales que sólo frecuentamos en las noches de insomnio o de aburrimiento extremo. Algo es algo: encontré una película lacrimógena que había visto hace mucho tiempo, con Susan Sarandon y Julia Roberts. Es una de esas en la que un personaje se muere de una enfermedad terrible, terrible. Nada mal para una noche de insomnio, pero terminó a las 5:30 y todavía sigo sin sueño. Cambiemos de canal.
Ahora viene lo interesante: están dando Rocky V. Siempre tuve un problema con este tipo de películas, sea Rocky, Rambo, Alien, Indiana Jones…el problema es que nunca las vi. (¿Dije interesante?). Yo siempre era el boludo que se quedaba a fuera de las conversaciones cuando con los amigos empezábamos a hablar de películas. Lo cual es totalmente injusto, porque estoy casi seguro de que a ninguno de mis amigos le gusta el cine más que a mí. Y confieso sin ponerme colorado: Volver al futuro y Terminator las vi de grande para enterarme un poco de qué hablaban mis amigos. Lo mismo hice tiempo después con Rocky IV, y fue cuando cambió mi opinión sobre la industria de Hollywood. Me pareció una genialidad.
¿Se acuerdan de Rocky IV? Baboa es el campeón y piensa en retirarse, pero una pelea en la que no participa cambia el panorama: Iván Drago vence a su amigo Apollo Creed en el segundo asalto, con tanta dureza que Apollo pierde la vida. Rocky jura vengarse y acepta pelear con el blondo. No iba a permitir que un boxeador de la Unión Soviética venciera a un norteamericano, no mientras él viva. Esto es lo que siempre me pareció fascinante de Rocky IV: la maquinaria ideológica de Hollywood muestra todos sus dientes. El ruso es una máquina física, se ha fortalecido a base de anabólicos y otras sustancias, sus entrenamientos parecen experimentos científicos y su frialdad es la de un miembro del politburó. Además es malo, inspira temor, pero no sabemos por qué, no tiene “historia”. Es el villano, la encarnación del mal por el mal mismo (Hannah Arendt diría “banal”); y además es comunista.

Balboa vs. Drago ¿y Lenin?

La pelea es en la URSS, ante un clima más que hostil. Los golpes son lamentables: nada de cubrirse ni desplegar el arte del jab, es un mero intercambio de golpes. Como todos sabíamos que iba a pasar, empieza ganando el ruso y la termina ganando Rocky en el último round, por KO. La escena siguiente es surrealista: el público soviético, entre ellos gente del Kremlim y alguien que parece ser Gorvachov, se rinde ante el poderío de Balboa y cambia abucheos por aplausos. El ítalo-americano (con pantaloncitos más americanos que ítalos) da un discurso de vencedor: “¡Todos podemos cambiar!”, grita. Parecía el mismísimo Lenin exigiendo “¡todo el poder para los Soviets!”. Fin de Rocky IV.
Empieza Rocky V. Balboa vuelve a EEUU con intenciones de colgar los guantes, pero se desayuna que está en bancarrota. Esta es casi una constante en la vida de los boxeadores: alcanzar la gloria y derrapar hasta caer en lo más profundo de la miseria. Es más, estoy casi seguro de que Marx pensó en un boxeador cuando sentenció aquella frase tan citada: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa” (El 18 brumario de Luis Bonaparte, 1851-52). Entonces a laburar: Rocky comienza a entrenar a Tommy Gunn, un joven boxeador (interpretado por quien fuera campeón de la OMB en la vida real, Tommy Morrison) que luego lo traicionaría.
La película es mala, bastante mala, pero el final tiene dos elementos que merecen ser destacados. El primero es casi un chusmerío y consiste en que Sylvester Stallone tenía planeado matar a Rocky, plan del cual desistiría por considerar que su personaje había alcanzado un status de ícono cultural americano, ¿quién puede negarlo? El final fue cambiado y termina con Rocky subiendo las escalinatas del Museo de Arte de Philadelphia junto a su hijo (interpretado por el hijo de Stallone en la vida real). Las escalinatas probablemente las recuerden porque son las mismas que subiera en otra ocasión al ritmo de parapaannnn-parapaannn, la diferencia -y he aquí el segundo elemento- es que cuando llegan a la cima se encuentran con…¡la estatua de Rocky! Y no se trata de que pusieron una estatua para la película, sino que la estatua estaba ahí en realidad (estuvo varios meses, luego se la sacaron de encima). Es decir, parte de la sociedad norteamericana entronizó la figura de ese boxeador ficticio que tanto había hecho por ellos. De nuevo: ¿quién puede negarlo? Stallone se hace eco de lo que su personaje ha generado, de la misma manera que Cervantes salió a responder en 1615 a todos los rumores que su ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha había generado con el inicio de sus andanzas, en 1605.
Ladramos, Sancho, es verdad. Señal de que el caballito de la ideología ha recorrido un largo camino.