Para leerte mejor

Leer no es meramente una actividad de decodificación. El lector interpreta y se apropia de cada texto. Así, la filosofía se instituye como ámbito de apropiación y modificación de los distintos sistemas de pensamiento.

La columna Vendôme es un monumento parisino que conmemora la batalla de Austerlitz, en la que Napoleón Bonaparte venció a los ejércitos del Imperio Austríaco y del Imperio Ruso. Tras vencer, los franceses mandaron a fundir las armas del enemigo para –con ese metal– construir el monumento. Una obra maestra y un ejemplo claro de cómo nutrirse a partir de los otros.

Si se traslada la cuestión a la filosofía, vale la pena preguntarse: ¿qué tanto de Sócrates hay en Platón? Esa sería más o menos la pregunta que inspira estas líneas. Todo filósofo es, antes que nada, la suma de todos los filósofos que ha leído. Y no solamente los que lo han inspirado, sino también –y en algunos casos con mucha más fuerza– los que más lo han irritado. Es decir, aquellos pensadores que los lanzaron a elaborar una filosofía radicalmente distinta. Paul Valéry decía que “nada hay más original, nada más intrínseco a sí que alimentarse de los otros. Es necesario, sin embargo, digerirlos. El león está hecho de carnero asimilado” (Cahiers II, 1974).

Muy particular es el caso de Martin Heidegger, quien detectó que desde Platón hasta su época, Occidente había olvidado nada más y nada menos que “la pregunta por el ser”. Durante más de veinte siglos, la metafísica había abordado solamente la mitad del asunto. Entonces, la tarea a realizar era volver a los clásicos de la filosofía y rastrear en sus obras los olvidos, para sacar a Occidente de su inevitable marcha hacia el nihilismo.

¿Y Marx? Althusser lo define, en Para leer El Capital, como “un lector que lee ante nosotros en voz alta”. Marx se apropia diferencialmente de sus lecturas, se nutre no meramente para re-producir sino para producir algo nuevo. Confirma Althusser: “lee a Quesnay, a Smith, a Ricardo, etc (…) para apoyarse en lo han dicho de exacto y para criticar lo que han dicho de falso; para situarse, en suma, en relación a los maestros reconocidos de la economía política”.

Que hoy en día El Capital vuelva a ser leído es indicio de algo, sobre todo ante un nuevo contexto de crisis. La pregunta es: ¿quiénes son esos lectores?, ¿son quienes combaten al capitalismo o los cínicos que mueven sus hilos y se enriquecen con él? Hay razones para pensar que se equivocan los eufóricos (los mismos que anuncian “el fin del capitalismo”) al festejar el hecho de que la obra máxima de Marx vuelva a ser leída.

Noam Chomsky alguna vez se preguntó qué hacía Marx estudiando en el Museo Británico, “el símbolo del imperialismo más despiadado del mundo, el lugar donde se reunieron todos los tesoros que un imperio había recogido a través de la expoliación de las Colonias” (La naturaleza humana: justicia vs. poder, 1971). La respuesta que el lingüista norteamericano encuentra es elocuente: Marx “tenía razón al utilizar los recursos y, de hecho, los valores liberales de la civilización que intentaba derrocar, en contra de ésta”.

El propio Chomsky analiza su situación en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), institución productora de armas de guerra y conocida como una de las grandes contratistas de las guerras en las que “participa” Estados Unidos. De modo irónico, sostiene: “creo que incluye dos cuestiones: una es cómo hace el MIT para tolerarme, y la otra reside en cómo hago para tolerar al MIT”. Advierte que no es un tema sencillo y que “no todo es simplemente bueno o malo”. En realidad, Chomsky equipara su situación con la de Marx en el Museo Británico. Son dos intelectuales nutriéndose en una institución opresiva, pero con el objetivo de contribuir de alguna manera a su derrocamiento.

Alimentarse de los otros es una actividad que todos los pensadores llevan a cabo, pero que encierra complejos mecanismos de apropiación. Napoleón y las armas austro-rusas, Heidegger y el olvido del ser, Marx y los padres del liberalismo económico, Marx y Chomsky y las instituciones imperiales. Cada uno a su manera y enfrentando situaciones distintas. Lo importante es tomar conciencia de que lo que cada uno es se debe en gran parte a lo que ha leído. Y que trabajar en una institución relacionada de algún modo con un poder opresivo, no los convierte en seres necesariamente funcionales a ese poder. De hecho, esa tensa convivencia puede ser peligrosa para éste.

Hay que alimentarse de los otros, pero (recordando las palabras de Valéry) a condición de después digerirlos.

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Una respuesta a Para leerte mejor

  1. emeygriega dijo:

    Y sí, es condición de la obra ser escrita y leída, y ambas puntas del proceso artístico la integran, la hacen viva,la hace experiencia intransferible.

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