Doña Rosa y la soledad

[La estructura de propiedad de medios consolidada a lo largo de los ’90 favoreció concepciones sobre el rol del Estado en el nuevo esquema neoliberal. Un “periodista estrella” de esta época asumió la tarea de masificar los discursos del poder.]

“Yo necesito a Doña Rosa, porque necesito un interlocutor más allá de la cámara o del micrófono (…). Le tengo miedo a la soledad. Doña Rosa es una persona que se me hizo carne. Si pensaba en ella podía trabajar para ella”.

B.N. (05/10/1998)

Al morir Bernardo Neustadt, en junio del año pasado, pocos se preguntaron por el destino que le deparaba a su espectadora más fiel: Doña Rosa. Esta mujer simple y de clase media, preocupada por el mal funcionamiento de los servicios estatales, e indignada por los escándalos de corrupción de la clase política, se convertiría en su interlocutora privilegiada.

Neustadt la había creado a imagen y semejanza del sujeto económico deseable, para –directamente desde el núcleo del poder– llevar el discurso económico del neoliberalismo a la mesa de las masas televisivas que se congregaban a ver Tiempo Nuevo.

Desde fines de los ‘80 y hasta 1998, ese programa (que inmediatamente recuerda al exquisito bandoneón de Astor Piazzolla) fue el que le permitió desempeñar su papel profesional más significativo. Al ser consultado en una entrevista, aseguró: “pude hacer campañas para renovar el repertorio argentino económico mental, explicarle a la gente que podíamos tener un país abierto, que en los teléfonos no estaba la patria ni la bandera ni la soberanía. Que se podía comprar un auto financiado sin necesidad de pagarlo antes y recibirlo después. (…) Tuve muchos problemas, recibí algunas agresiones, pero la idea germinó y hoy tenemos un país abierto” (“Yo fui coherente, la realidad no fue coherente”, Página/12, 05/10/1998).

El papel que jugó Neustadt está íntimamente vinculado con lo que Gabriel Vommaro describe como el “ascenso de los periodistas como categoría mediadora -de ‘la sociedad’ y hacia ‘la política'” (“Mejor que decir es mostrar. Medios y política en la democracia argentina”, editado por la UNGS y la Biblioteca Nacional). Este ascenso, a su vez, está relacionado con una serie de transformaciones en la estructura de propiedad de los medios que tiene lugar en el denominado período de transición democrática (salida de la dictadura y fines de los ’80).

Vommaro sostiene que “la concentración de la propiedad de los medios fortalece una mirada moral sobre ‘la política’ porque evita hablar, al mismo tiempo, de las prácticas ilegales en otros ámbitos, como el de la gran empresa: los auspiciantes tienen un poder de veto que no tienen los políticos”.

Por lo cual, hoy Doña Rosa no tiene a nadie que la interpele desde los medios para decirle que la empresa que le brinda su servicio telefónico es ineficiente, o que en los trenes, privatizados, se viaja en pésimas condiciones y probablemente dejarían de funcionar si no fuera por los subsidios del Estado. Bernardo ya no está, y –como si fuera capaz de tal cosa– no reconocerá las consecuencias nefastas de la euforia privatizadora que tanto alentó y ayudó a digerir.

La censura política de otros años ha sido reemplazada por la mucho más anónima influencia de los agentes económicos y su capacidad de lobby. Según la lógica imperante de los medios, sería suicida investigar y denunciar hechos de corrupción en los que participen los principales gerentes de las empresas que pagan publicidades.

Por eso, ante esta situación, resulta imprescindible reformular la estructura de propiedad de medios. Medidas tendientes a limitar la cantidad de licencias en manos de privados, y a garantizar que accedan a ellas actores de la sociedad civil, harían que el control de la información deje de ser prerrogativa exclusiva de los grandes grupos económicos; y se descuenta lo que se ganaría en transparencia.

Doña Rosa no lo sabe, pero en el debate sobre la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual puede estar la solución a muchos de los problemas en los que se metió por seguir los consejos de Bernardo. Mientras espera que Telefónica le arregle el teléfono, podría ir siguiendo el debate…aunque tal vez no encuentre nada al respecto si acostumbra a leer Clarín…

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6 respuestas a Doña Rosa y la soledad

  1. Hernán dijo:

    Excelente, contundente, exquisito post.
    Saludos.

  2. el pulidor dijo:

    Buenísimo Lean… es un tema tan complicado y exigente el de la relación entre “lo público” y lo “privado” y la participación de los medios en esta ecuación que uno parece a veces estar nadando en pantanos. Pero es así como vos lo exponés. Ha pasado en todo el arco ideológico. No sólo Neustad y Grondona, también CQC. Los chanchuyos son siempre de los políticos o de las dependencias públicos. O en todo caso pequeños estafadores (por ejemplo, Proteste Ya). Pero nunca las macro estafas de sus grandes auspiciantes. Si Fiat despide injustamente 1.000 empleados, eso no aparece (Fiat es auspiciante de CQC).

    Es lo que Champagne llama la doble dependencia. La subordinación del político al periodista; a la vez la subordinación del periodista al patrón empresario que le paga. Entonces, la política está subordinada al poder económico (claro está, el de las grandes corporaciones).

    Entre las 100 economías más importantes del mundo, 51 son corporaciones y 49 son naciones. Dominan el 70 por ciento del comercio mundial. No les alcanza como para comprar una decena de periodistas por estas latitudes? Como se diría en la década del ’90 que vos bien describís: “of cors”

  3. Galliano dijo:

    Muy bien escrito y argumentado. Bernardo fue una de las víctimas de la privatización de los medios, dado que la apatía política y al abaratamiento del debate público que desencadenó el vacío intelectual menemista, redujo progresivamente la audiencia de Tiempo Nuevo, que nunca recuperó la presencia mediática que tuvo en el estatal canal 11. Y Telefé S.A. debió prescindir progresivamente de sus servicios.

    No dejó de desear que se sancione la Ley de Medios, pero no dejo de ser pesimista al respecto.

  4. Tal cual, a Bernardo le bajaron el pulgar por el bajo rating. Es una verdadera ironía.

    Y con respecto a la Ley de Medios, comparto las sensaciones. Es como la discusión de la Ley de Educación: hicieron circular el proyecto un par de meses y después lo terminaron aprobando a su gusto…
    Por eso mismo me parece importante seguir el curso que vaya tomando el dabete.

  5. emeygriega dijo:

    Impecable. Cuando todos entiendan que la Ley de Uso de Medios incumbe a todos, sin excepción, será un día de fiesta y un punto de quiebre en nuestra historia.
    Mañana miércoles a las 9 hs charla- debate en Sociales.

  6. Doña Rosa is back: “El índice de doña Rosa no coincide con el INDEC” (Clarín).
    http://www.clarin.com/diario/2009/09/12/elpais/p-01997111.htm

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