El juego de las diferencias

[Las actuales transformaciones en la subjetividad ponen en crisis a la fórmula clásica de leer los asuntos políticos a partir de la dicotomía izquierda-derecha. Un nuevo elemento, la diferencia, aparece como principio articulador de las demandas.]

Desde fines del siglo XX, el mundo Occidental está atravesando por una nueva serie de transformaciones en la subjetividad. Si en la primera mitad de dicho siglo, la realización del sujeto pasaba por la obtención de la ciudadanía (es decir, el conjunto de derechos que le corresponden a todos los habitantes de una comunidad); en la actualidad la lucha por los derechos es cualitativamente diferente.

Muestra de ello constituyen las diversas minorías masivas que reclaman por el reconocimiento de sus derechos en las grandes ciudades del mundo. Se trata de grupos marginados por cuestiones sexuales, religiosas, de género, “raciales” o culturales. Esto ha conducido, por un lado, a una sociedad formalmente más tolerante. Es decir, se han plasmado en el Derecho –y hay razones para creer que se plasmarán muchos más en el futuro– muchos de los reclamos de grupos LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans), inmigrantes, “minorías étnicas”, grupos religiosos, etc. Pero, por otro lado, todas estas transformaciones han dado lugar a algunas consecuencias indeseables.

Si antes la Plaza era el centro en torno al cual los sujetos construían su identidad, el siglo XXI ha puesto en escena identidades que hasta entonces eran consideradas periféricas, marginales, limitadas a una existencia en la esfera de lo privado (aquí, la expresión salir del placard resulta reveladora). No existe un centro en base al cual los sujetos practiquen la sociabilidad. Ni siquiera existe un lugar, un territorio palpable, al que sus valores estén necesariamente vinculados.

En este contexto, la dualidad derecha-izquierda ha perdido su capacidad de articular las disputas. Según Eric Hobsbawm, “uno de los hitos de ese cambio es la revolución iraní de 1979. Una revolución social en toda regla, pero no realizada según la ideología tradicional” (La Vanguardia Magazine, 2/12/07). Lo paradójico fue que la novedad estalló en Oriente y resquebrajó los viejos muros ideológicos de Occidente (además de la economía, claro). Hobsbawm, con franca nostalgia, sentencia: “uno de los grandes problemas del presente (…) es que las revoluciones que antes eran consecuencia del descontento social, ahora se mueven por otras ideologías, por otros problemas”.

El viejo historiador británico representa, de alguna manera, al pensamiento clásico de la modernidad. En su discurso aflora la melancolía por un pasado en el que los individuos forjaban identidades fuertes y duraderas, y donde los grandes reclamos se registraban bajo el influjo de la Ilustración. En su obra Historia del siglo XX señala todo aquello con lo que venía a romper la revolución que este año cumplió su trigésimo aniversario: “casi todos los fenómenos considerados revolucionarios hasta esa fecha habían seguido la tradición, la ideología y, en líneas generales, el vocabulario de las revoluciones occidentales desde 1789”.

Distinto es el caso de Foucault, que estuvo en Irán para cubrir los acontecimientos para distintos medios gráficos europeos. Según el francés, las circunstancias habían hecho de la estructura religiosa “no sólo el punto de amarre de una resistencia, sino también el principio de una creación política. Y en eso es en lo que se puede pensar cuando se habla de Gobierno islámico” (¿Con qué sueñan los iraníes?revista Triunfo, número 822, 28/10/1978). Su fascinación con los hechos es clara: “me ha impresionado por el intento de abrir en la política una dimensión espiritual”, escribió. Más tarde Foucault revisó su posición al respecto, pero sus palabras en caliente poseen un valor en sí mismas.

Entonces, si Hobsbawm lamenta lo que para él es una ruptura con respecto a la Ilustración, Foucault lo celebra porque ve la posibilidad de una emancipación en la que entran en juego sujetos y valores diferentes a los occidentales. Es este principio, el de la diferencia, el que parece intentar imponerse en la actualidad por sobre otros.

Ésta es la problemática que aborda Benjamín Arditi en El reverso de la diferencia. Identidad y política. Allí, sostiene que “el pensamiento progresista contemporáneo se caracteriza, entre otras cosas, por un apoyo inquebrantable al derecho a ser diferente” sin reparar en “un conjunto de consecuencias menos auspiciosas” tales como los nuevos ghettos urbanos o el renovado vigor de los nacionalismos.

Por lo tanto, es tarea de la nueva era identificar cuál es el signo de las distintas reivindicaciones que tienen lugar en la actualidad. El reclamo por la igualdad y la libertad difícilmente desaparezca, pero de manera progresiva parece estar siendo obligado a compartir algo de protagonismo. Hay quien cree que todo esto conduce a una sociedad más madura. No obstante, no habrá nada que celebrar si no se considera el reverso de la diferencia.

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(Para quienes estén interesados en leer el texto de Foucault, les dejo el link a la nota completa. No me sorprendería que terminen leyendo algún otro texto de la revista Triunfo, ya que es buenísima.)

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Una respuesta a El juego de las diferencias

  1. Galliano dijo:

    ¿Foucault estuvo en Irán? Sabía que Lyotard fue reportero en Argelia, pero esto es nuevo para mí. A ver si Gustavo Sierra nos sorprende con un librito de teoría crítica de la modernidad.

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