Los espectadores no se suicidan

Hace tiempo me permití escribir sobre los temas incómodos que El secreto de sus ojos dejaba de lado (en este post). O, mejor dicho, sobre sus serias omisiones. Entre tanto elogio, fue muy difícil encontrar espacios en donde el film de Campanella fuera abordado con una seriedad acorde a los temas que toca.

Ahora que la película ha sido nominada para disputarse un Oscar, Fernando Martín Peña escribió un excelente artículo en La mujer de mi vida. Allí, Peña sugiere que el film no es castigado porque la clase social que va a verla y a festejarla es indulgente consigo misma. Una clase no se suicida. Ya lo señaló Walsh en el epílogo de Operación Masacre; vio que una clase no puede castigar sus crímenes “simplemente porque no está dispuesta a castigarse a sí misma”.

Antes de cederle la palabra a Peña, quiero confesar que cuando conocí la noticia de la nominación, pensé: “ahora nos van a martillar por todos lados con esta película”.  Ahora que lo pienso de nuevo, se me ocurre que a lo mejor sirve para seguir discutiéndola. Ese es el espíritu de este post.

El rasgo esquizo

Por Fernando Martín Peña.

[Cuando un éxito cinematográfico encuentra su clave en tranquilizar al espectador.]

El éxito impresiona pero no necesariamente convence. El secreto de sus ojos es la película argentina más exitosa del año pero carece de la homogeneidad de otros films de Campanella (Luna de AvellanedaEl hijo de la noviaEl mismo amor, la misma lluvia) hasta el extremo de alcanzar cierta curiosa esquizofrenia. Ésta es la primera vez que el director se aparta del excelente guionista Fernando Castets (el propio Campanella se ocupó de la adaptación junto con el autor de la novela Eduardo Sacheri) por lo que resulta tentador –aunque indemostrable– adjudicar los desajustes del film a esa ausencia.

El rasgo esquizofrénico más evidente es el choque entre la lógica del cine de género (el film intenta por lo menos dos, de manera simultánea: el policial y la comedia romántica) con las características de un contexto político muy preciso (la Argentina de 1974). Pero los géneros tienen reglas más o menos claras, definidas a lo largo de décadas de cine clásico, que desbordan el anclaje en esa realidad. Campanella construye sus personajes con la convicción arquetípica que le permiten la tradición narrativa clásica y el carisma de sus tres intérpretes principales, pero luego esos arquetipos chocan contra las exigencias del contexto. Si la acción transcurriese en un período más indefinido, el primer enfrentamiento idealista de Darín a los gritos contra los apremios ilegales propiciados por un superior negligente serviría para establecer los rasgos nobles del protagonista, recurso típico y legítimo del clasicismo que además propicia la identificación del espectador. Pero luego resulta que el propio Darín viola un domicilio ajeno, roba pruebas e interroga ilegalmente a su sospechoso, convencido de su culpabilidad sólo “por una corazonada” y Campanella trata casi todo ello con la ligereza de un paso de comedia, en contraste con la sordidez expresionista del episodio policial que Darín había censurado antes. Es decir que la ilegalidad policial es mala porque está perpetrada por gente innoble y fea, mientras que la ilegalidad de Darín es positiva, divertida y permisible. Harry, el Sucio también violaba la ley varias veces pero por lo menos algo le pasaba por dentro, porque al final tiraba la placa. Además, identificarse con él era incómodo, mientras que aquí Darín (y nosotros con él) ejerce la ilegalidad como quien comete una travesura.

No puede sorprender entonces, siguiendo esa lógica dislocada, que Campanella sostenga la noción de que las AAA se integraron sacando de las cárceles a asesinos y violadores, cuando la gran mayoría de esos individuos, así como los represores que vinieron después, salieron de la misma clase que ahora llena los cines para ver El secreto de sus ojos. Esa realidad es tan difícil de explicar y asumir que Campanella no lo intenta y prefiere inventar monstruos. Su público encuentra tranquilizador creer en ellos y retirarse de la sala persuadido, una vez más, de que los malos son los otros y las culpas son ajenas.

(La mujer de mi vida, Año 7, número 57, Buenos Aires, 2010)

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4 respuestas a Los espectadores no se suicidan

  1. Alejandro dijo:

    Me parece que es pedirle demasiado a un director de películas prolijas y taquilleras que tenga en cuenta esos desajustes contextuales que bien señala Peña. Campanella nunca va a pedir que el expectador se suicide. Y, aunque cuando salí de la sala me crucé con Alejandro Horowitz, que parecía muy satisfecho, el grueso del público de Campanella piensa que el terror empezó el 24/03/76, que los malos eran sólos los militares, y que quien busca la justicia que dicta el Código Penal siempre es bueno. A esa gente, Campanella le vende “la familia de clase mieda (que se casa por Iglesia)” y el “club de barrio (de gente blanca)”, y también este muy buen policial, con una historia de amor baladí (la escena del tren es casi una cargada). Y lo hace bien, y en el medio se da el lujo de meter el tema de la Triple A en una época en donde enfrente no hay adversarios sutiles la teoría de los dos demonios, ni la sublimación romántica del Che, sino la brutal y simple reivindicación de la represión. Desde el 2002 la gente piensa en blanco y negro, y Campanella apuesta por un color puro defendible sólo en esos términos. Saludos.

  2. emeygriega dijo:

    No sabés lo util que me es esta entrada. No la ví aun y no quiero verla para que no me guste. Tampoco me gustaría decir que no la veo para que no me deje de gustar.
    En cualquier caso la opinión de Peña me importa, este verano nos ha deparado en Canal 7 un cine tan excelso a la maedianoche, que no sé como la ciudad no está empapelada con esos títulos.

    Saludos, laput. Y buen año.

  3. emeygriega dijo:

    Si quisieras pasar por mi blog a aclararme el tema tan en boga de la discriminación positiva, te lo agradezco, no entiendo un pomo.

  4. abel posadas dijo:

    Pero no ganó un Oscar? Es la envidia!!!

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