Breve ensayo sobre conductas y purismos

“Sé que es en los cruces donde está lo más interesante. Que los caminos de los puristas conducen irremediablemente al fascismo. Y que el odio y el miedo también llevan a ese domicilio.”
–         Fabián Casas, Ensayos bonsái*
Hay algo en las prácticas sociales que siempre ha llamado la atención de los sociólogos: ¿cómo puede ser que, en ausencia de una ley que las rija, sean compartidas por la gran mayoría de los miembros de una sociedad?

Asombrosamente, las conductas sociales nacen, luchan por hacerse camino en la sociedad y finalmente pasan a ser vistas como consolidadas. Aunque, hay que aclarar, existen diferentes grados de consolidación.

Están, en primer lugar, las que se institucionalizan, y funcionan perfectamente dentro de alguna comunidad. Muchas veces se puede encontrar esta conducta en los discursos reivindicadores de una tradición: algo que, siendo una costumbre de alguna época particular, queda fijo y se prolonga en el tiempo. Ejemplos: los festivales de folklore que reivindican una supuesta esencia de la música argentina, y las corridas de toros en algunos países como España.

En un grado superior de cristalización, están aquéllas que son reconocidas por alguna autoridad como el Estado y quedan plasmadas en el Derecho positivo. Prueba de ello son el derecho a la protesta (más allá de la criminalización frecuente que se hace de ella), pero también lo fueron hasta no hace mucho el apartheid en Sudáfrica y la discriminación racial legal en Estados Unidos hasta que se impuso el movimiento por los derechos civiles. Es decir, aquí el Estado actuaría como una fuerza que ajusta una práctica social a la ley (la protesta, para el primer caso, y la discriminación en los otros dos). Fuerza que en ningún momento actúa de manera neutra, claro está: a veces afirma conquistas de “los de abajo” y otras veces simplemente expresa la voluntad de los sectores dominantes.

Un tercer grado en la cristalización de las prácticas sociales está dado por la naturalización: sin que necesariamente intervenga la coacción estatal, hay prácticas que persisten con un rigor a veces mayor que en el caso anterior. Por supuesto, no son compartidas por todos los individuos de una sociedad (¿cuáles sí?), pero tienen fuertes implicancias en las conductas cotidianas y pareciera que invisibilizan a quienes actúan de otra manera. Ejemplo fácil, el matrimonio durante siglos fue visto como la unión de un hombre y una mujer. Era “lo natural”; es decir, lo que no se explicita porque a nadie se le ocurriría desafiarlo. Queda plasmado no en al ley sino en esa entidad oscura y amorfa que es el discurso del “sentido común”. La represión social de la homosexualidad (que en algunos estados suele estar acompañada de sanción legal) fue la que dio origen a la expresión “salir del closet”. O sea, a la idea de hacer visible algo que la sociedad creía inexistente.

Sin embargo, hay todavía un cuarto grado en la fijación de las prácticas, y está constituido por la mitologización de las mismas. Se trata de abstraer una práctica de la realidad cotidiana y colocarla en el origen mítico de un conjunto social. Origen mítico que es en todo momento enigmático, ya que toma la forma de un comienzo de dicha comunidad pero para el cual no hay tiempo. Es decir, aquello que comienza simplemente permanece, no deviene porque el devenir es fundamentalmente cambio. La mitologización necesita negar el tiempo y el devenir para justificar una serie de prácticas determinadas que, supuestamente, constituirían el sustrato mismo de tal o cual sociedad. Ejemplos hay de sobra: desde la prohibición de comer vacas en la India debido a su carácter divino, hasta la concepción pecaminosa del hombre que dataría desde que dos sujetos, Adán y Eva, comieron el fruto del “árbol de la ciencia”.

Finalmente, lo que interesa señalar aquí es que a medida que se avanza en el grado de justificación de una práctica social –siempre de acuerdo a la gradación propuesta–, se avanza en la resistencia al cambio. El cambio es sinónimo de transgresión, por eso se le teme y se lo condena. Porque a medida que se avanza dentro de la gradación, se avanza en el castigo que se exige para el “infractor”.

Malas noticias para los puristas, entonces. El tiempo es devenir y, por lo tanto, ninguna consolidación puede ser definitiva. El mundo pestañea y surgen prácticas que hacen volar por el aire viejas costumbres. No es en la pureza donde se encuentra el hueso de ese musgo llamado Hombre, sino en sus encrucijadas, en sus alteridades y en sus infinitas mixturas.

Todo lo demás, son subtes que conducen peligrosamente al fascismo.

* Fuente original de la cita.

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3 respuestas a Breve ensayo sobre conductas y purismos

  1. Galliano dijo:

    Es buena la tipología, aunque algo líneal como toda tipología.
    El tiempo es devenir, pero el devenir para mí (para Casas seguro que no) es dialéctica. Es la negación contenida en el ser que no es y en la nada que es. Suponer que el tiempo (???) es puro devenir es otro tipo de fascismo, el fascismo pro del cambio constante, del cambio por que sí, que ya denunció Jameson como un péndulo que oscila tan rápido que parece quieto.
    Ya Benjamin y Agamben denunciaron ese tiempo purista que siempre va para adelante y transforma todo. El pasado está siempre aquí, en forma de instituciones y de lo negado originalmente por esas instituciones. La idea de la inexorabilidad del cambio es propiedad de los dueños del progreso, ¿levantamos esa tribu aborígen, institución perimida, para construir un Hotel-Spa?
    Por supuesto que ante cualquier grupete anaranjado y católico voy a defender una nueva ley como un cambio. Pero no hay cambios que devengan inevitablemente, creerlo es erróneo (contá las nuevas religiones surgidas desde 1989) y reaccionario (acordate de Chacho Álvarez defendiendo la flexibilización laboral en nombre de “las vetustas leyes laborales de la época de Isabelita”).
    El tiempo y su devenir son una institución social más, como el pasado venerable o el futuro promisorio. Inventos humanos. Saludos.

  2. Hay mucho de cierto en lo que usted dice, Galliano. Sin embargo, cuando me refería al tiempo como puro devenir estaba pensando en Heráclito y no en Darwin o Hegel. El cambio constante no tiene una orientación definida (donde triunfarían los más aptos o el espíritu). Por el contrario, sospecho que el devenir constante es totalmente estúpido: tan estúpido lo que defiende la Iglesia como lo que pretende reemplazarlo. En todo caso se tratará del pecado de relativismo, no de progresismo.
    Podemos fijar el sentido de alguna manera, pero no pretender que así sea eternamente. Lo cual, por supuesto, no significa resignar ninguna lucha.

  3. Este interes en los significados de los objetos y..practicas sociales que tienen implicaciones para quienes los..sustentan supone aproximarse a la comprension de como las..personas en la vida cotidiana construyen discursos que categorizan y..explican sus vivencias asi como sus relaciones con los demas..y con el mundo… La incursion del analisis del discurso como..metodologia para estudios sociales se basa en la premisa de que el..discurso esta impregnado de informacion implicita que..permite identificar no solo las representaciones y practicas ..sino tambien las relaciones sociales en las que estas..estan inscritas. Las acciones y practicas rutinarias estan cargadas de..significados culturales que se reproducen y transforman en la..comunicacion ordinaria Much 1992 .

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