Sobre la ética del bidón

[La acalorada salida de Diego Maradona de la Selección implicó la revisión de una ética deportiva que domina el fútbol argentino desde hace décadas. La imagen mediática de Bilardo, simpática y cómplice, se reorientó hacia los aspectos menos nobles de su figura.]

Se sabe: cada vez que Diego Armando Maradona habla, hay olor a bomba. Mucho más con el clima caldeado (la AFA acababa de finalizar el vínculo tras un injusto e innecesario manoseo). No obstante, no fue el Diego de siempre, el que descalifica a sus blancos con la improvisación creativa propia de un genio; por el contrario, eligió leer un discurso demasiado aceitado, demasiado premeditado. Lo cual, por supuesto, no le quitó resonancia a sus palabras: “Grondona me mintió y Bilardo me traicionó”, afirmó el 10 clavando los talones.

Inmediatamente, los medios repitieron sus declaraciones y comenzaron a preguntarse sobre el papel de Carlos Bilardo. ¿Quién es verdaderamente Bilardo?, interrogaban con tono indagatorio. ¿Qué pasó, de repente el gran DT que nos sacó campeones en el ’86 se había transformado en un monstruo prestidigitador? Para nada. Bilardo es el mismo de siempre. Lo que Maradona logró fue borrar de un plumazo la imagen que los medios tienen de Bilardo, el de ganador, de tipo gracioso por sus locuras, graciosamente alocado.

Bastó que Maradona lo diga con todas las letras para que de repente se comenzaran a repetir las imágenes de Bilardo diciéndole a un colaborador que “al rival hay que pisarlo” o afirmando en la transmisión de una final de la Copa del Mundo: “como decía Benito Mussolini…gloria o muerte”. Bilardo nunca cambió. Lo que cambió es la imagen que prevalecía sobre su persona: lo dicho, el tipo gracioso y algo alocado.

De hecho, todo lo que el bilardismo representa estaba totalmente legitimado. Hasta aquel episodio infame del bidón de Branco, incorporado a la también infame historieta de la viveza criolla. Ha sido legitimado precisamente porque es recordado como si fuera un paso de comedia. Hasta el diario deportivo Olé introdujo en su juego online Goleadores la posibilidad de “embidonar” al rival: el usuario debía comprar un pin para perjudicar a un jugador del contrincante. El mismo Diego Maradona fue quien confirmó definitivamente ese episodio, también entre risas. En realidad, el bidón de agua adulterada representa la síntesis del bilardismo: el desprecio por el rival.

Rival que, lejos de convertirse en ese otro al que hay que enfrentarse para alcanzar la grandeza, es el obstáculo a superar para obtener lo único que importa: el triunfo, la victoria, el resultado. Cualquiera sea el medio, hay que ganar. Y, desde esa perspectiva, todo es legítimo: pisar o drogar al rival, lo que sea.

El ambiente del fútbol acompañó en buena parte el resultadismo. Periodistas deportivos y técnicos que se jactan de haber estudiado durante años para obtener sus títulos y, luego, en cuanto tienen un micrófono y una cámara, afirman convencidos que hay que ganar como sea. Del otro lado de la pantalla, miles de chicos miran y escuchan ese mensaje tan vacío de espíritu deportivo.

Maradona demostró de lo que es capaz cuando desenfunda la palabra. Pero también él fue cómplice del bilardismo. Además, al haber aceptado inicialmente las condiciones de Grondona, no puede decirse que no estaba advertido de quién manda en la AFA. Diego dijo que se sintió traicionado, pero el traidor siempre fue él. Alguna vez Rodolfo Walsh reflexionó: “nosotros le decíamos traidores a ellos, a los Vandor, a los Matera, a los Remorino. Pero los traidores éramos nosotros. Porque Perón siempre los apoyó a ellos”. En este caso pasa algo similar: Grondona apoya a Bilardo, cuya relación con el poder es siempre acomodaticia. En cambio, el 10 vive en conflicto con el poder. Aún cuando lo aceptó, él fue el hecho maldito dentro del circo de la FIFA.

Mientras tanto, la AFA sigue su rumbo comandada por Grondona, y con Bilardo abordo. En la Selección hay un gran sillón vacante. Sobre él, la espada de Damocles. Y la de Maradona. Al borde del naufragio, el fútbol argentino. Que sigue emborrachándose, bebiendo de ese brebaje que Bilardo preparó hace 20 años.

No obstante, se abre una puerta: la intervención del 10, que siempre deja huella, puede contribuir a una revisión de la imagen del DT campeón del mundo en México ’86. Y, lo que es más importante, a una revisión de esa ética que, como toda ética, va más allá del deporte.

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